La esclavitud africana en la Nueva España y el papel de la Iglesia Católica

 


LA ESCLAVITUD AFRICANA EN LA NUEVA ESPAÑA Y EL PAPEL DE LA IGLESIA


La fundación de la Nueva España fue la consecuencia para que se viera una gran presencia africana en México y en casi todo el continente, cómo bien sabemos, en ese tiempo y de hecho, desde muchos siglos atrás, lamentablemente la esclavitud estaba muy normalizada en muchas naciones.


La nación que se encargó de traer los esclavizados al continente americano fue Portugal, pues fue este país el que llegó a África conquistando Ceuta en 1415, Madeira en 1419, Azores 1439 y Cabo Verde en 1456. Los portugueses pensaban que sería el oro lo que les daría mayor riqueza, pero pronto se dieron cuenta de que el comercio de "mano de obra" sería mucho más redituable.


Fue en 1456, cuando la corona portuguesa mandó a Diogo Gómez para negociar una resolución pacífica en Guinea y, para 1462, esa negociación le aseguró la entrada a todo territorio ubicado entre los ríos de Gambia y Senegal. 


Desde ese momento, fueron controladas buena parte de las costas de África por parte de los comerciantes portugueses, y con el descubrimiento del Nuevo Mundo, Portugal se benefició grandemente del comercio atlántico de africanos en cautiverio.


Fueron las grandes epidemias de viruelas del siglo XVI y el descubrimiento de las minas de plata lo que desembocó a qué se haya determinado traer "mano de obra" africana a la Nueva España a partir de 1532. A este territorio llegaron alrededor de 150 mil africanos en situación de esclavos, sobresaliendo Veracruz como mayor receptor, todo esto hasta 1640, año que la trata atlántica a la Nueva España disminuyó. De hecho, el virreinato de Nueva España no fue uno de los principales beneficiarios del tráfico de esclavos, pues hubo otros mercados con mayor demanda como Brasil, con alrededor de 4 a 5 millones de africanos, y la pequeña isla de Jamaica unos 600 mil y extendiéndose así por todo el continente con miles y miles de esclavizados.

Las condiciones de esclavitud fueron deplorables y de bastantes abusos hacia el pueblo africano.


En la Nueva España, Veracruz era una ciudad en la que predominaba la población africana, a diferencia de otras urbes de Nueva España. Juan López de Velasco (cronista y cosmografo) señalo en 1570 que la población del puerto incluía 200 vecinos españoles, 600 trabajadores africanos y ningún indio. A diferencia de los migrantes que llegaban al puerto de Veracruz, quienes eran libres de seguir su camino, los esclavizados africanos eran retenidos ahí por meses antes de ser introducidos en el mercado de esclavos.


La interrupción de la trata de esclavos en 1640 impidió la renovación de la población negra, y en cambio, eso les permitió que se reproducieran al mezclarse con indios, blancos, asiáticos y mestizos.

El mestizaje permitió a los negros separarse progresivamente de su condición de esclavos porque dio origen a mulatos, pardos, morenos, coyotes y lobos, que poco a poco quedaron fuera de la condición de esclavos.


A diferencia de lo que pasó en las colonias norteamericanas y en el Caribe, los esclavos africanos se comenzaron a mezclar de forma importante con indios y españoles, y el número de esclavos mulatos, morenos o prietos fue en aumento, así como el de la población libre con este origen.


La Iglesia Católica y la esclavitud


La Iglesia Católica busco formas de mitigar las condiciones de esclavitud de los africanos, y aúnque en su momento no se manifestó en contra de esta práctica, los prelados intentaron velar por los derechos de los esclavizados.


La Iglesia comenzó a hacer defensa por el derecho a la vida conyugal de los esposos y que los esclavos se mantuvieran al lado de sus familias, de sus parejas e hijos; sin embargo, lamentablemente esto a veces quedaba en la tinta y el papel, pues sus amos hacían caso omiso y muchos de ellos fueron separados de sus familias al ser vendidos a otros amos.


Tanto la Iglesia cómo la Corona fueron firmes en cuanto a limitar la autoridad disciplinar de los amos y apoyar el buen y justo trato, porque tales condiciones protegerían a los africanos en cautiverio y servirían para preservar una importante base de fuerza laboral.


 Otro punto importante era el deseo de hispanizar a los africanos para poderlos incorporar a la comunidad espiritual y a la hermandad cultural con sus amos, y con ello influir el desarrollo de una sociedad en la que los valores religiosos y culturales compartidos produjeran un régimen esclavista sustentado en el consenso. Es decir, la Iglesia proporcionaba ciertas salidas para las tensiones de los esclavos y para su descontento por medio de ciertos rituales religiosos y actividades sociales. 


El catolicismo sirvió para esos fines con sus múltiples celebraciones de santos y fiestas. No obstante, la verdadera conversión religiosa de los esclavos fue algo más difícil, en parte por el idioma, pero también por el desarraigo de sus lugares de origen y por las condiciones de trabajo a las que eran sometidos. No era lo mismo estar en una ciudad expuesto a procesiones y celebraciones religiosas que trabajar en una hacienda azucarera dónde una vez al mes acudía un presbítero a decir Misa y confesar.


Las cofradías de negros en los espacios urbanos y mineros  sugieren que los esclavisados aprovecharon las condiciones sociales y el consuelo religioso del catolicismo. Estas corporaciones fueron las únicas permitidas para los africanos, dónde podían reunirse libremente y organizarse, tanto hombres como mujeres. 


La población negra y mulata fundó en Nueva España, entre los siglos XVI al XVIII, unas 80 cofradías de carácter étnico, de las cuales seis de cada diez ocuparon altares de iglesias del clero regular, es decir, de alguna orden religiosa, con predominio de la franciscana, mientras que el 40 por ciento restante estuvo en parroquias bajo vigilancia del presbítero. Dichas asociaciones religiosas estuvieron integradas en su mayoría por africanos libres y sus descendientes, pero ayudaban o mostraban cierta solidaridad con la comunidad de esclavos.


Los Santos titulares de esas cofradías fueron diversos, pero dos advocaciones son dignas de mencionarse por ser negras y de origen africano. Santa Ifigenia (o Efigenia) y San Benito de Palermo. La primera era originaria de Etiopía y fue arropada por los carmelitas, pero también círculo en otras órdenes como las de los mercedarios, franciscanos y jesuitas.


El segundo fue franciscano, por lo que con el tiempo su presencia en los conventos creció en importancia -su primera cofradía se fundó en 1599 en la ciudad de México-. A pesar de que hasta 1807 a Benito de Palermo se le declaró Santo, el primer santo negro canonizado por la Iglesia Católica ya tenía devoción en ambos lados del Atlántico desde finales del siglo XVI. 


Las dos advocaciones fueron representativas de las comunidades de esclavos de origen africano. Además de generar un sentido de identidad, la Iglesia católica los promovió para buscar el alivio espiritual entre sus devotos.


Ya posteriormente vendrían otras advocaciones de color cómo San Martín de Porres, que fue beatificado en 1837 (aunque canonizado hasta 1962).


La Iglesia también estableció hospitales para la población negra, aún cuando las intenciones caritativas y las funciones sociales de estás instituciones quizá superaron a su eficacia médica. A finales del siglo XVI, en la ciudad de México tenemos el ejemplo del doctor Pedro López, originario de Palencia, España, quién materializó tres iniciativas entre 1582 y 1597: el hospital de desamparados, al cual asistían negros y mulatos, fundado en 1582; las conferencias cuaresmales de 1585, y los memoriales a los padres del Tercer Concilio Mexicano, creado para que los negros tuvieran una cofradía.


Por tanto, el doctor Pedro López fue un personaje sobresaliente pues de manera pública se preocupó por la asistencia sanitaria y espiritual de los esclavos africanos y libres de ambos sexos en la capital del virreinato.


Respecto a los sacramentos, el tema más debatido era bautizar a los negros. A menudo los bautizos se hacían por aspersión en la misma cubierta de los navíos negreros, sin que los africanos supieran qué estaban haciendo con ellos. Los misioneros hacían estos bautismos para garantizar la entrada o conversión de los esclavos al cristianismo, pero no implicaba un adoctrinamiento. La Iglesia esperaba que los africanos conocieran al menos el Padre Nuestro, el Credo, los artículos de Fe, los Mandamientos de la Ley de Dios, los Mandamientos de la Iglesia, los Sacramentos y los pecados capitales, aunque muchas veces esto se dificultó por la lengua, la dispersión de los africanos a otros lugares, a la resistencia de los amos y a la falta de presbíteros.


Es importante destacar este último punto, pues la mayor parte del clero en Nueva España, ocupado de las poblaciones indígenas, desatendió a los negros y mulatos; si acaso fueron los jesuitas y franciscanos quienes se preocuparon por ellos. 


Los jesuitas tuvieron muchas haciendas dónde la mano de obra casi siempre fue de origen africano. Ahí aprovechaban para instruirlos y explicarles la doctrina cristiana. Lo mismo hicieron en ciertas ciudades mediante misiones itinerantes que explicaban la doctrina mientras caminaban por las calles. Además, en sus colegios fundaron algunas congreaciones marianas de negros, una especie de cofradías de las que hasta ahora se conocen algunas de Zacatecas, Puebla, Veracruz y Valladolid (hoy Morelia).


Los Franciscanos, por su parte, fueron la orden que más cofradías de negros patrocinó en toda la Nueva España, y con ello impulsó la catequización de los africanos y sus descendientes.


Se podría decir, que la Iglesia Católica fue la única institución donde los esclavizados encontraron algo de consuelo, tuvieron espacios de libertad en las cofradías y pudieron expresar de diversas formas sus sentimientos y emociones mediante el canto, el baile y, por supuesto, la oración.


Fuente:


Rafael Castañeda García, (Esclavitud africana en la fundación de la Nueva España) UNAM / Instituto de investigaciones Históricas 




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