La otra cara de la moneda, sobre sí María Santísima dió a luz con dolor


LA OTRA CARA DE LA MONEDA
SOBRE EL PARTO DE MARÍA SANTÍSIMA CON DOLOR

Consejo Episcopal Latinoamericano 
CELAM. Padre Carlos Ignacio González.
Bogotá- 1988 CELAM

Editado por Elenita Ibarra

Realmente, sobre sí María dio a luz sin dolor es un tema que poco a poco empieza a tratarse en los primeros siglos. Tal vez un primer testimonio que tenemos es el de las Odas de Salomón, un himnario cristiano de principios del s. II. La oda 19, sobre la virginidad de María (según la piedad popular) dice:

"El seno de la Virgen concibió y dio a luz: y la Virgen vino a ser madre con mucha misericordia: Y estuvo preñada y sin dolor dio a luz un hijo. Para que no sucediera nada inútilmente ella no fue en busca de comadrona (porque fue Él quien hizo que ella concebiera). Ella dio a luz como si fuera un hombre por su propia voluntad"

Más frecuentemente se encuentra en varios apócrifos, los cuales, aun no teniendo un peso teológico, son testigos de las ideas religiosas populares. He aquí un ejemplo entre tantos:

"Después de dos meses, cuando José se encontraba en casa con su mujer María, y estaban solos, sucedió, estando ellos solos, que María miró atentamente con sus ojos y vio a un niño pequeño, y quedó llena de admiración. Y cuando la admiración pasó, descubrió que su seno estaba como antes que hubiese concebido aquel niño".

Pero incluso a los herejes docetas interesaba aceptar que el himen de María no se hubiese abierto, pues tal caso confirmaría su doctrina sobre el cuerpo de Jesús totalmente espiritual, de donde "pasó como el agua por un tubo" o "Como un rayo de sol por un cristal". Imágenes semejantes son frecuentes entre los herejes. (Los docetas no tienen dificultad en aceptar la divinidad de Jesús. Pero pesimistas en cuanto a la materia, la cual de ordinario juzgan mala y producida por un dios maligno, piensan que la verdadera encarnación del Verbo sería imposible; la carnede Jesucristo sería por tanto sólo aparente. Naturalmente la maternidad de María se reduce en tal caso a sólo una ficción. El docetismo, que aparece entre los primeros cristianos de la comunidad joánea tomó formas diversas).

Por eso no es de admirar el áspero realismo con el que Tertuliano responde (el único teólogo de los primeros dos siglos que trate el asunto).

"Parió porque dio a luz a un descendiente de la propia carne; no lo dio en cuanto no lo hizo por intervención humana. Fue virgen respecto al marido, pero no respecto al parto. (...) La misma que dio a luz lo hizo verdaderamente. Fue virgen en cuanto a la concepción, no en cuanto al parto. (...) El seno de la Virgen se abrió de modo especial, porque en modo especial había sido sellado" (TERTULIANO, De Carne Christi 23: CSEL 70, 246s.)

Y también en la polémica contra Marción respondía por qué un parto común: la realidad de la carne de Jesús. Y contra el escándalo que podía causar el hecho de que Dios se sometiese a la crudeza de un parto normal, responde: "No sería para él peor que la muerte" (TERTULIANO, Adv. Marc. 3, 11: CSEL 47, 394). Y por tanto, si murió sangrante, nada tiene de extraño que también haya sangrado en el parto.

Sin embargo no parece que (aun cuando se creyese en la virginidad perpetua de María) se considerase como parte de la doctrina de la fe el modo (biológico) de dar a luz a su Hijo. Y así de ordinario no encontramos afirmaciones explícitas, sino en ocasiones algunos textos de un significado menos preciso en este sentido (naturalmente porque no trataban de resolver un problema), y que fácilmente se suelen arrastrar hacia uno u otro campo, como para encontrar en algún Santo Padre un apoyo a la propia opinión.

Quizás la expresión en este sentido más conocida y múltiplemente interpretada, del siglo II, sea la de San Ireneo:

"El Verbo se haría carne, y el Hijo de Dios llegaría a ser Hijo del hombre: y siendo él puro, abriría puramente el seno puro, que regenera a los hombres en Dios, el cual la hizo pura" (S. IRENEO Adv. Haer., IV, 33,11: PG 7, 1080: "Purus puré puram apariens vulvam". La frase "aperiens vulvam" parece afirmar un parto normal).

Algunos Padres han de defender la realidad absoluta de la carne de Jesús y su verdadera participación en toda la experiencia genuinamente humana. Así por ejemplo entienden muchos el tan discutido texto de San Hilario de Poitiers (+ 367):

"Jesús nació según la ley de los hombres, aunque no fue concebido según esa ley". (S. HILARIO DE POITIERS, De Trin. 10, 47: PL 10, 380).

Y así también respondía el Papa San Hormisdas al emperador Justino, respecto a la inteligencia de la fe de la Iglesia, en carta del 26 de marzo de 521:

"El que antes de todos los tiempos era Hijo de Dios, se hizo Hijo del hombre y nació en el tiempo según el modo de nacer humano, abriendo la vulva de la madre al nacer ('hominis more, matris vulvam natus aperiens') no destruyendo sin embargo la virginidad de la madre, por virtud divina" (DS 368).

Dicho texto parece apuntar en raíz apenas a la distinción que se hace mucho después entre la virginidad como consagración total de María a la obra de su hijo, y los aspectos biológicos que se refieren al momento del parto.

San Jerónimo afirmó en la ciudad de Roma:

"Pensamos en los horrores del parto, pero
jamás tan terribles como los de la cruz"
(S. JERÓNIMO, De. perp. virg. contra Helv. 18, PL 23, 213).

Sin embargo parece expresar la opinión contraria en (Adv. Iovin. I, 31 : PL 23, 265). En otros textos afirma clarísimamente la perpetua virginidad de María, pero son suficientemente vagos como para poder defender que él afirmase en ellos el parto indoloro y sin lesión física, o bien que por "nacimiento virgen" se refiriese al modo de venir el Verbo al mundo por la encarnación; por ejemplo: "De Él se dice que es la piedra cortada del monte sin intervención de manos, profecía que da a entender cómo Cristo virgen había de nacer de una Madre virgen": Ep. 22,19 (a Eustaquia), en Cartas de San Jerónimo, Madrid, BAC, 1962, pág. 176.

Quienes confesaban este privilegio
de María: "Nacido de María siempre vírgen", no siempre pensaban en un parto milagroso.

ALGUNAS NOTAS SOBRE LA VIRGINIDAD EN EL PARTO

El modo como se realizó el parto de Jesús, es un tema delicado que requiere un estudio aún más profundo de cuanto lo haya hecho hasta ahora la teología contemporánea.

Tampoco lo considero parte de lo que debe estudiarse en la mariología, pues no es necesario tomar sobre él una determinada decisión para ser fiel a la fe que confiesa la Iglesia. No pudiendo conocer cuál será el eventual desarrollo dogmático, tal vez más explícito sobre este punto, bajo la guía del Espíritu Santo (cf. DV 8), podemos desde ahora reflexionar sobre la experiencia del pasado:

a - No parece un punto que haya directamente enseñado la Sagrada Escritura, Aunque algunos argumentan de Is. 7, 14: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo". J. GALOT comenta:

"Que una virgen dará a luz, es una parte del signo ofrecido por Yahvé, y por eso puede llamarse prodigioso o milagroso. Pero es prodigioso únicamente en cuanto es el resultado de una concepción virginal.
El profeta ciertamente no prevé un parto extraordinario en cuanto al modo. Piensa más bien en un parto ordinario que tendrá el valor de signo divino para la virgen. En su pensamiento la virgen no pierde su cualidad de virgen por razón del parto, y sin embargo después de haber dado al niño el nombre de 'Emanuel', sigue siendo siempre 'la virgen', de la cual ha hablado": en "La virginité de Marie et la naissance de Jésus", NRT 92 (1960), p. 452.

En varias ocasiones I. DE LA POTTERIE, por ej. en "II parto verginale del Verbo incarnato: Non ex sanguinibus... sed ex Deo natus est", Mar 45 (1983) 127-174, interpreta la expresión en plural "non ex sanguinibus" como una indicación del parto sin mengua física (sin sangrar) de parte de María; no ha sido muy aceptada tal interpretación por los teólogos.

b - No llega hasta los tiempos apostólicos, según los datos que tenemos acerca de la Tradición de la Iglesia. Al principio del s. III el testimonio de CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, que habla de cómo se debe distinguir la fe verdadera de la falsa: "Pero, a cuanto parece, muchos piensan hasta hoy que María concibió matrimonialmente (en griego usa la palabra "lechó", que significa "la mujer que concibe por unión sexual"), cuando en realidad no es así. Y otros dicen también que, después de haber dado a luz, la encontraron virgen quienes la habían ayudado a parir": en Stromata VII, 16: PG 9, 530. Como parece claramente del texto, Clemente habla afirmando con firmeza la concepción virginal; pero respecto a la virginidad en el parto, en cuanto a que María haya dado a luz sin mengua de la integridad del himen, "algunos dicen que", refiriéndose a los apócrifos. No contradice el dato, pero tampoco lo afirma con certeza, signo de que no ve esta doctrina como perteneciente a la fe apostólica.

Así que, no llega hasta los tiempos apostólicos, según los datos que tenemos acerca de la Tradición de la Iglesia. Sin embargo la virginidad en el parto se encuentra implícita en la confesión de fe en la virginidad perpetua; o bien bajo la fórmula general "nació de María la siempre virgen (aeiparthénos)", o bajo la más explícita "antes, en y después del parto".

c - Lo que no parece incluido en dicha confesión de fe, es la interpretación teológica acerca del modo como María dio a luz a Jesucristo. O sea, que aun confesando que María es siempre Virgen, qué signifique la virginidad perpetua en cuanto a los aspectos biológicos del parto, parece no haber sido nunca definido. ¿Cómo discernir entonces una posición justa?

1. Algunos principios para juzgar sobre la doctrina teológica.

En mi opinión se deben distinguir claramente tres elementos que siempre se encuentran en una doctrina:

a - El contenido mismo de la fe fundamental. En este caso, la virginidad perpetua de María, que no se pone en duda.

b - Las explicaciones de un punto particular de esta fe, que pueden ser consideradas insuficientes en un cierto momento (por motivos no tomados en cuenta anteriormente).

En este último caso se puede corregir una explicación sin por ello ser infiel a la doctrina.

He aquí un ejemplo que puede dar alguna luz: desde el principio de la Iglesia creemos firmemente en la santidad absoluta de Jesucristo, no sólo por gracia creada (lo que de por sí sola le daría una santidad real pero sólo de hecho, como es el caso de la santidad de María), sino ante todo por su constitución ontológica como Hijo de Dios (por lo que se confiesa la santidad de Jesucristo en virtud de su ser mismo).

Sin embargo fue por muchos siglos (se encuentra en muchísimos Santos Padres y en los teólogos medievales y posteriores, hasta hace pocos años, si bien sólo un estudio más preciso podría descubrirnos si se trata de una "doctrina universal") una explicación que se consideró necesaria para defender la santidad de Cristo; y sin embargo no es común hoy en día, porque está fundada en un error biológico: se suponía que el pecado era transmitido por generación del padre, ya que (se pensaba) sólo el semen paterno transmite la vida (mientras el útero materno es un recipiente pasivo). Por tanto Jesús no habría tenido pecado original por haber sido concebido virginalmente. Dado el error biológico, tal argumento no puede repetirse, y sin em- bargo no por ello somos infieles a la confesión de la fe en la santidad de Jesús; pero nos sentimos impulsados a profundizar más en el sentido de dicha santidad a partir del significado más completo de la unión hipostática.

c - Las imágenes usadas para ilustrar una doctrina forman parte del "género literario" teológico, mas no de la fe; ni pueden ser absolutizadas en un modo tal que de ellas se puedan sacar conclusiones doctrinales. Ni siquiera de ciertas imágenes contenidas en las parábolas evangélicas podemos deducir una doctrina sin llevarlas hasta los extremos (por ejemplo, las parábolas que se refieren al banquete escatológico enseñan una doctrina real; pero no por ello se puede afirmar que en el cielo seguiremos comiendo físicamente). Mucho menos podemos hacer eso con metáforas popularizadas en los primeros siglos (a veces de origen herético-doceta como ya vimos antes) para ilustrar el nacimiento virginal de Jesús, por ejemplo: "Pasó como el agua por un tubo" . Semejante a ésta podría juzgarse otra muy posterior: "Como un rayo de sol por un cristal".

Más consistente podría ser la siguiente y también muy utilizada: "Como el cuerpo resucitado de Jesús pasó a través de la piedra del sepulcro sin romperla". Sólo que hay un gran detalle que muchos no reflexionan, que el cuerpo resucitado de Jesús (de orden trans-histórico) tiene cualidades muy especiales impropias de su cuerpo histórico, en el cual su carne (del todo real y sujeta a las condiciones físicas) no tiene las características de un cuerpo resucitado ni las de un rayo de luz.

Las imágenes sirven para ilustrar, pero no
son en sí mismas un argumento teológico.

2. Algunos datos para la consideración teológica

No me parece que en el estadio actual del desarrollo teológico puedan presentarse argumentos definitivos, pero sí elementos que necesariamente han de considerarse para un estudio serio de la cuestión siguiente: ¿debe afirmarse obligatoriamente que la "virginidad en el parto" incluya el hecho de que María no sufrió mengua en su integridad física (en el sentido de los efectos biológicos normales en la mujer que da a luz, como rotura del himen, efusión de sangre, etc.)?

No se toca, en absoluto, la dedicación total de María (en el sentido de la consagración íntegra de su persona) sólo al Señor y a la obra mesiánica de su Hijo.

Sobre que María no tuvo dolores en el parto, las razones de conveniencia, no son probatorias; sino suelen ser útilísimas para explicar y mostrar la razonabilidad de una materia revelada; pero no la prueban como tal. Serán perfectamente válidas si la Iglesia puede llegar un día a la conclusión (bajo la luz del Espíritu Santo) de qué tal punto está contenido en el depósito de la revelación (sólo que esto dependería no de razones de conveniencia, sino de la libre voluntad del Señor, que haya escogido significar tan profundas verdades mediante ese hecho histórico, y así nos lo haya revelado).

Tales argumentos nos invitan a permanecer con la mente y el corazón abiertos al misterio, y nos inclinan a profundizar en él en cuanto nos sea posible.

Hay fuertes razones que podrían inclinar a un juicio en sentido contrario (que María hubiera tenido dolores).

a - A mi parecer, la más poderosa es nuestra confesión de fe en la verdadera encarnación, no sólo en el sentido de que el cuerpo que asumió el Verbo es físicamente real; sino también de que con él asumió sin excepción todas las consecuencias del pecado, excepto la culpabilidad del pecado mismo (Heb 4,15). Y la maternidad de María (incluida la cualidad de su virginidad), no pertenece a un orden distinto. Incluso si afirmamos la concepción virginal, es sólo por obediencia a la Palabra de Dios, la cual explícitamente nos ha revelado que él ha libremente elegido ese signo para indicar su intervención directa en la historia del hombre, por la encarnación de su Hijo.

b - No parece que los efectos naturales biológicos (apertura del himen, dolores del parto) puedan ser de por sí contrarios a la virginidad de María, considerada como la total e íntegra consagración (en cuerpo y alma, luego sin unión sexual para concebir ni a Jesús ni a otros hijos) a su vocación a participar en el plan salvífico del Padre por la obra mesiánica de su Hijo. Tales efectos no tocan la libre decisión y voluntad de María.

c - No parece contrario a la dignidad de la Madre de Dios, ni a su pureza absoluta, sufrir dolores físicos. La razón única de la existencia de María, como la de su hijo, es la salvación de un mundo pecador. Y si el mismo Hijo Unigénito de Dios se vació a sí mismo tomando la forma de siervo (Fil 2,6-11) y se hizo en todo igual a nosotros, exceptuado sólo el pecado (Heb 4,15), y si María misma sufrió moralmente en modo tan intenso (por ejemplo al pie de la cruz) no se ve por qué el dolor físico sea contrario a su dignidad: al contrario, parece una parte integrante de su vocación, a semejanza de su hijo.

d - Un motivo secundario, pero de algún valor pastoral, puede ser el hecho de que, si María por una parte conservó su perpetua virginidad por el Reino, y por otra sufrió las consecuencias físicas normales de un parto como una madre, entonces más adecuadamente puede ofrecerse a todos los cristianos como un camino de vida: por una parte a quienes se consagran totalmente al servicio del Reino, por su virginidad; y por otra a quienes sirven al Señor y a la comunidad cristiana en la vida matrimonial, como madre que conoce lo que es el sufrimiento por un Hijo (aun físico), al igual que todas las madres.

Conclusión

Si la Iglesia, al ejercitar su misión magisterial suprema, nos hubiera enseñado que se encuentra en el depósito de la revelación el hecho de que María no sufrió en el parto las consecuencias físicas normales, deberíamos confesarlo en espíritu de fidelidad. Pero este punto ha sido muy discutido por varios teólogos de altura, en tiempos recientes, y no ha intervenido sobre este particular el Magisterio de la Iglesia, precisamente porque no hay una verdad definida al respecto.

Dios los bendiga 🙏🏻

Comentarios

  1. Gracias, pienso que es innecesario profundar en esto ya que si sufrió dolor de parto o no, es algo que en nada modifica nuestra fe, ni nuestra devoción hacia nuestra santa madre, la virgen Maria.

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  2. GRACIAS Elenita
    Solo nuestra pequeñez nos aleja de el entendimiento del todopoderoso
    Paz y Bien.

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