¿Ha habido alguna definición dogmática sobre al modo del parto de la Vírgen María?



¿HA HABIDO ALGUNA DEFINICIÓN DOGMÁTICA SOBRE AL MODO DEL PARTO DE LA VÍRGEN MARÍA?
Sobre el El Sínodo Romano Lateranense bajo él Papa Martín I (año 649)

Consejo Episcopal Latinoamericano
CELAM. Padre Carlos Ignacio González.
Bogotá- 1988 CELAM

Editado por Elenita Ibarra

Hasta donde sabemos sólo un Concilio (local) ha tratado esta materia:

El Sínodo Romano Lateranense bajo él Papa Martín I (año 649). Veamos:

"Canon 3. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los santos Padres, que la Santa y siempre Virgen e Inmaculada María es propia y verdaderamente Madre de Dios, como quiera que propia y verdaderamente concibió sin semen, por obra del Espíritu Santo, al mismo Dios-Verbo que nació del Padre antes de todos los siglos; y que lo dio a luz sin corrupción, permaneciendo su virginidad indisoluble aun después del parto, sea condenado"

Algunos autores, cómo el teólogo C. Pozo, consideran que en el texto citado la virginidad en el parto es doctrina definida, como distinta de la concepción virginal:

"Sin duda, no se trata de un Concilio ecuménico; pero si el Sumo Pontífice propone en un Sínodo Romano una doctrina bajo anatema, de manera que la aceptación de esa doctrina se convierta en condición 'sine qua non' para conservar la comunión con la Iglesia romana, es difícil no ver en ello una definición pontificia 'ex cátedra' " (C. POZO, María en la obra de la salvación, Madrid, BAC, 1974, pág. 259)

Lo que no me queda claro es qué es lo que el Padre Pozo afirma exactamente como definido "ex cátedra": ¿La virginidad de María en el parto como parte integral de su virginidad perpetua, aunque distinta de la concepción virginal?, ¿o la interpretación teológica de que la virginidad en el parto debe ser interpretada teológicamente que María "no hubiera sido lesionada al dar a luz"? Y es que en el párrafo inmediatamente anterior habla de esta tradición de los Padres, y luego, sin explicitar más, afirma que es difícil no ver la doctrina de la virginidad en el parto como definida "ex cátedra" por el Papa Martín I.

El erudito S. de Fiores, basándose en la doctrina (que afirma "definición de fe, al menos en fuerza de la autoridad del Papa") del Concilio Lateranense, escribe que "la virginidad perpetua de María es verdad de fe definida" (S. DE FIORES, art. "Vergine" en Nuovo dizionario, pág. 1462.) Para nuestro tema, es lástima que el ilustre mariólogo no especifique más su pensamiento; ya que en el contexto está tratando de la virginidad en el parto, dentro de lo cual afirma, con las palabras del Papa Martín I, que el parto ha tenido "un carácter prodigioso", y concluye que es definida la virginidad perpetua de María; el problema queda en pie: ¿está definida la interpretación teológica del parto de María, como explícitamente indoloro y sin lesión física?

Ambos teólogos hacen referencia, el primero, a J. A. de Aldama, que en dos ocasiones trata el asunto del valor dogmático del canon 3 del Sínodo Romano; y el segundo, a un artículo de M. Hurley. Por mi parte he leído un largo artículo de Aldama, acerca de esta materia: (J. A. DE ALDAMA, "El canon tercero del Concilio Lateranense de 649", Mar 24 (1962) 65-84.), y lo he comparado con el de M. Hurley: (M. HURLEY, "Born incorruptibly: the third canon of the Lateran Council (a.D. 649)", The Heythrop Journal 2 (1961) 216-236), al que Aldama trata de dar respuesta, distinguiendo y completando algunas de sus afirmaciones. Son los mejores comentarios a la materia que he encontrado.

Las interpelaciones del Sínodo. M. Hurley llega a las siguientes conclusiones:

A - El sínodo no es ecuménico; pero su autoridad ha sido reconocida casi como la de tal, por más que hubo muchos intentos por atacar su autoridad y por no reconocerlo, sobre todo de parte de la Iglesia bizantina, que lo aceptaba sólo como un "sínodo provincial". El autor se inclina a creer que son más bien válidas las razones por las que la doctrina de tal Sínodo deba tener valor ecuménico, ya que él Papa Martín I, en base a este canon, juzgó herética la doctrina de Juan de Tesalónica, pues lo enseñado en el Lateranense expresaba la doctrina "de los Santos Padres y de los cinco concilios ecuménicos aprobados" (M. HURLEY, Op. Cit., pág. 221). Y concluye: "En fuerza de estas cartas, puede seguramente sostenerse que el Papa Martín I puso detrás de los cánones del Concilio Lateranense del 649 todo el peso de su autoridad como pastor y maestro de la Iglesia universal".

Y además porque el Papa Agatón envió a Inglaterra copias de las actas del Sínodo, y subrayó sus enseñanzas en el III Concilio de Constantinopla, "entendiendo que las decisiones del Lateranense eran definitivas, infalibles y de fe" (M. HURLEY, Ibid., pág. 223).

B - Sin embargo, la doctrina de tal Sínodo no está centrada propiamente en la virginidad de María; sino en una declaración cristológica contra la doctrina de los monotelitas, para tratar la cual la reunión había sido convocada. En tal contexto también afirmó que el nacimiento de Jesús fue "de manera incorruptible". Esta palabra ha sido traducida e interpretada por los teólogos de diversas maneras, que el mismo autor presenta en una amplia lista de ejemplos: coinciden en que fueron solemnemente afirmadas la maternidad divina y la perpetua virginidad de María, sin especial especificación respecto al modo del parto:

"En conclusión, las palabras 'absque semine concepisse, incorruptibiliter genuisse' ('concibió sin semen y dio a luz sin corrupción'), del tercer canon del concilio Lateranense del 649, deben, como las del Papa Martín, entenderse como una declaración antimonotelita; afirman la incorrupción de la naturaleza humana de Cristo (es decir, que fue sin pecado), como consecuencia de su nacimiento virginal" (M. HURLEY, Ibid, pág. 217). Ahí mismo añade en una nota:

"Tal interpretación, por supuesto, no ataca en manera alguna la doctrina de la 'virginitas in partu' de Nuestra Señora, que tiene tantas bases en la tradición patrística y en todas partes". Pero naturalmente "no atacarla" ("does notimpugn") no edefinirla."

Por lo mismo concluye que, como "incorruptibiliter" en esa época significa "sin pecado" original (que se considera la corrupción de la naturaleza humana, y que se transmitía por la unión matrimonial sexual), el canon propiamente quería decir que María había concebido virginalmente a Jesús, el cual por ese motivo había nacido "sin corrupción", esto es "sin pecado".

No está de acuerdo J. A. de Aldama. Dice que para saber lo que tal palabra clave quería decir, habría que situarse en la mentalidad de los Padres Sinodales, y en particular de Martín I. Tras un amplio estudio de las actas del Sínodo concluye:

"Esta argumentación de San Martín contra Teodoro, recibida con aplauso por los Padres del Concilio, determina bien la idea que ellos tenían del parto virginal, y por lo mismo también el sentido verdadero que daban a las palabras de su canon: indisoluble permanente, 'et post partum, virginitate'. Aun después del parto, contra todo lo que pudiera pensarse, por encima de todas las leyes naturales, el sello de la virginidad corporal (parthenías) de María ha quedado intacto (alytou). (...) La incorrupción del parto virginal, cuya creencia venía manteniéndose expresamente en la fe de la Iglesia hacía al menos tres siglos, quedaba aquí claramente explicada como un prodigio maravilloso que se había llevado a cabo por encima de las leyes naturales de la extensión corpórea". (J. A. DE ALDAMA, "El canon tercero...", pág. 82).

Dista mucho de ser unánime. Sin embargo me ha parecido que muchos de los más destacados actualmente, se inclinan por afirmar que, hasta donde podemos conocer en el desarrollo doctrinal con que contamos en este momento, no parece que la interpretación teológica de la virginidad en el parto como el no sufrir María los efectos naturales del dar a luz, esté contenida en la revelación y enseñada como verdad de fe obligante por parte de la Iglesia.

Bien refleja el estadio actual de la cuestión este texto de M. SCHMAUS, en El credo de la Iglesia católica t. II, Madrid, Rialp. 1970. pág. 682:

"Como elementos constitutivos del contenido de la virginidad en el parto fueron mencionadas generalmente: la carencia de dolor y la incolumidad. Pero nunca se determinó de un modo obligatorio y concreto el sentido de esta virginidad. En la teología actual se va imponiendo cada vez con más fuerza la pregunta, no contestada en los textos eclesiásticos, de si un parto normal implica necesariamente una lesión de la virginidad o si, por el contrario, ésta queda suficientemente a salvo afirmando que en María, a diferencia de los partos corrientes, el nacimiento del niño no fue consecuencia de una anterior unión sexual. Hemos de conformarnos con decir que María, en virtud de una gracia especial, integró perfectamente el acto del nacimiento en su entrega amorosa y obediente a Dios. El acto del nacimiento fue completamente humano y personal e incluso en su realización biológica estuvo totalmente impregnado de la gracia de su maternidad, sin que podamos determinar con todo detalle en qué consiste la virginidad en el parto".

El teólogo K. Rahner, tras examinar el valor del Sínodo Lateranense, su contexto de respuesta al monotelismo, y la manera de entender los términos en esa época, concluye:

"Difícil será decir cómo se acoplan, clara y armónicamente, en la idea del Papa estos dos elementos diversos de su pensamiento. De ello podrá deducirse que no era su propósito explicar y hacer constar dogmáticamente tal contenido exacto, y se podrá decir, por tanto: un sínodo particular repite, de forma accesoria, la doctrina de la perpetua virginidad de María sobre el fondo de la interpretación más precisa de su contenido que entonces era corriente, pero sin pretender atarse, en tanto magisterio docente, a esa interpretación. Se advierte, incluso, claramente la conciencia de que, en dicha cuestión, hay que evitar también el peligro de la concepción docetista y mantener, claramente, la verdad de una auténtica maternidad corporal y parto de María" (K. RAHNER, " 'Virginitas in partu'. En torno al problema de la tradición y de la evolución del dogma", en Escritos de teología t. IV, Madrid, Taurus, 1961, pág. 184).

Sería conveniente leer todo el artículo, especialmente la conclusión., en pág. 211, donde afirma la virginidad perpetua de María, incluso en el parto, al que reconoce "irrepetible, milagroso, virginal"; pero "sin que tal enunciado, que en sí es inteligible, nos proporcione la posibilidad de deducir de él ciertamente y con carácter obligatorio para todos afirmaciones sobre otros pormenores concretos de dicho acto".

Igualmente J. Galot, tanto en el artículo citado (Cf. J. GALOT, "La virginité de Marie et la naissance de Jésus" passim), como en su obra mariológica principal, sostiene que no se trata en el Sínodo Lateranense de definir como materia de fe el parto de María sin dolor y sin mengua física. Opina que la frase "dio a luz sin corrupción", "queda vaga, y significa que María no ha perdido nada de su pureza virginal, en el parto". Y ya que el Sínodo tenía como objeto la doctrina monotelita de Teodoro de Farano, habría que situarse en la afirmación de este autor, que sostenía el parto extraordinario para probar el nacimiento incorpóreo de Jesús. Según estas premisas, el autor concluye:

"Al presentar esta doctrina al concilio, el Papa Martín I, la acusaba de suprimir las propiedades naturales del cuerpo y de afirmar un nacimiento sin verdadera carne, por tanto de negar la encarnación. En respuesta a esta intrepretación, el concilio quiso afirmar la verdad corporal de la maternidad virginal: 'en sentido propio y verdadero, María siempre virgen es Madre de Dios'. Se trata, sin embargo, de un parto real, que deja intacta la virginidad. Además, la carta del Papa Ormisdas, que parece ser fuente literaria inmediata del canon 3 del Lateranense, admite que el Niño abre el seno materno aun sin suprimir la virginidad de María. En este sentido habla de un parto sin corrupción, que sigue a la concepción sin semen humano. El parto sin corrupción no puede pues significar un nacimiento que excluya la apertura del seno materno" (J. GALOT, Maria la donna nell'opera di salvezza, Roma, Pont Universidad Gregoriana, 1984, pág. 159).

Conclusiones

¿Cómo tomar una posición equilibrada y respetuosa (al mismo tiempo que abierta), respecto a una tradición tan venerable? He aquí algunos puntos que pueden servir para un estudio meditado:

"Se trata de un asunto a tratar por expertos"

Si en un libro de texto he ofrecido como apéndice (siquiera en forma tan resumida) algunos pocos de los datos fundamentales para el estudio de la materia, ha sido más bien por un motivo de orden pastoral, y hasta cierto punto negativo: porque he tenido que notar, en cursos que he ofrecido en algunas comunidades, cómo se desviaba fácilmente el interés de los participantes, de los datos más fundamentales sobre la maternidad virginal de María, a la discusión más periférica sobre los detalles físicos del parto. Y me tocó dolorosamente observar que se tomaban posiciones de una y otra parte, sin suficientes conocimientos, y con razones motivadas por inclinaciones más o menos emotivas y de parte. El atisbar siquiera los datos del problema, puede al menos aconsejar una mayor prudencia, al caer en la cuenta de que se necesitan conocimientos especializados en la Escritura y en la Tradición de la Iglesia para opinar juiciosamente en la materia.

"Una actitud pastoral"

Una actitud correcta, me parecía predicar al pueblo preferentemente la virginidad maternal de María, y su entrega total y perpetua, con todas sus riquezas. Quien satisfaga su hambre con un platillo tan suculento, pocas ansias sentirá de llenarse aún con un tema en verdad complementario.

"La apertura del corazón y de la mente a la fe"

Esta nos ha de llevar a una actitud reverencial ante el misterio, sin la cual todas nuestras opiniones serán vacías. Hemos de advertir para ello, que no son nuestras razones (por lógicas que parezcan) la que han de hacer verdadero o falso un hecho histórico, que depende totalmente de la libre decisión del Padre. Si él ha decidido que un parto especial de Jesús era o no conveniente para su proyecto salvífico en favor nuestro, y así ha querido que fuese, ya nos lo hará conocer a su tiempo, con la luz del Espíritu Santo que guía a la Iglesia, y mediante el medio que él mismo ha elegido para guiarnos: la misión del Magisterio. Así ha conducido a su Iglesia para descubrir poco a poco, a través del tiempo, la verdad plena que nos ha sido revelada. Por el momentó no parece que tengamos los datos suficientes para afirmarlo con certeza. Dejo a M. Schmaus las últimas palabras en esta materia:

"Podemos resumir así lo relativo a la virginidad de María. La Escritura, examinada e interpretada en el horizonte de la inteligencia creyente de la Iglesia, atestigua la concepción virginal de Jesús. Esta constituye desde el principio un elemento de la conciencia creyente de la Iglesia y de la predicación eclesiástica. La virgnidad en el parto y después del parto se desarrolló a base de la fe en la concepción virginal. Para entender la fe eclesiástica hemos de fijarnos en el sentido totalitario de la virginidad. Sin duda, el aspecto biológico reviste una importancia fundamental. Pero éste no ha de considerarse por separado. A él va indisolublemente unida la entrega creyente y obediente de María. La completa y exclusiva entrega a Dios aprehende al hombre en la totalidad de su existencia, de sus deseos, de sus intereses y de sus esperanzas. La virginidad no puede ser explicada, ni de un modo puramente espiritual, ni en una manera meramente biológico-naturalista. Ella contiene tanto el componente biológico como el espiritual, y solamente a base de esta unidad constituye la verdadera virginidad. Si en esa unidad buscamos una diferencia de rangos, la primacía corresponde a la entrega personal del hombre a Dios. Lo biológico reviste poder salvífico, no en sí mismo, sino como medio y expresión, como signo y símbolo realista del amor"
(M. SCHMAUS, El credo de la Iglesia católica t. II, pág. 684).

Dios los bendiga
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