La verdad sobre la Inquisición española y sobre Fray Tomás de Torquemada


¿QUÉ TANTO SABE USTED DE LA INQUISICIÓN? ¿Y SOBRE FRAY TOMÁS DE TORQUEMADA?


¡LA VERDAD SOBRE LA INQUISICIÓN Y SOBRE FRAY TOMÁS DE TORQUEMADA!

Por: Pedro (Sembrador) Herrasti

Una de las dificultades con que se tropieza para llevar a alguien un concepto justo de la Inquisición, es fundar lo que respecto de ella se diga, en alguna obra que sea admitida como veraz, pues son tantos los PREJUICIOS que hay en contra de ella y particularmente contra Fray Tomás de Torquemada, que cuanto pueda decirse en su favor, se desecha a ojos cerrados y, en cambio, se acepta como verdad evangélica cuanto se diga en su contra.

Se presenta así el problema de fundar lo que de él y de ella se diga, en alguna obra que no pueda ser sospechosa de parcialidad. 

Después de mucho reflexionar, nos resolvemos por la Enciclopedia Británica, pues escrita y editada por protestantes, no puede ser sospechosa de parcialidad en favor de la Iglesia Católica.

El autor de esta obra es William Tomás Walsh, notable historiador norteamericano, que escudriñando en los archivos secretos de España, Francia y el Vaticano, produjo la obra a la que venimos refiriéndonos.

Tomamos de su capítulo V, titulado "TORQUEMADA", los datos que presentamos acerca de él. Pero antes presentaremos las razones que hubo para establecer la Inquisición en España, lo que tomamos también de dicho capítulo.

Queremos hacer constar que al hablar aquí de Torquemada, no ha sido nuestro empeño, lo más mínimo, tratar de hacerlo aparecer mejor de lo que fué, sino simplemente darlo a conocer TAL COMO FUÉ, lo que respecto de él sea verdad, lo que sea de justicia, recordando que cuando S. S. León XIII encomendó al historiador alemán Luis Pastor, que escribiera la "Historia de los Papas" dándole acceso al efecto a los archivos secretos del Vaticano, al preguntar al Sumo Pontífice como habría de presentar algunos hechos de la vida de ciertos Pontífices que no habían sido dignos de un Vicario de Cristo, su Santidad le contestó: 

"Escriba usted las cosas tal como ellas fueron, pues la verdad no se defiende con ocultaciones, ni mentiras"

De acuerdo con este criterio, no habría porque ocultar ni menos mentir para hacer aparecer a Torquemada mejor de lo que fue.

"RAZONES QUE HUBO PARA ESTABLECER LA INQUISICIÓN EN ESPAÑA" (Apuntes tomados de la obra de William Thomas Walsh "Personajes de la Inquisición")

"Judíos y árabes en España"

Bajo los Visigodos llegaron los Judíos a ser muy numerosos y floreciente en España; y no se les persiguió hasta que se descubrió que conspiraban junto con los árabes de África, para que invadieran España, para lo que al efecto en el siglo VIII enviaron una invitación a los mahometanos bereberes por medio de los judíos de África, para que cruzaran el estrecho y llevarán a cabo la invasión.

Y así lo hicieron los árabes y aunque había tantos judíos en el ejército español como en el africano, ponían aquellos su corazón del lado de los invasores.

Por cualquier parte que los bereberes caminaban, los judíos les abrían las puertas y los invasores les recompensaban nombrandolos gobernadores de las principales ciudades que conquistaban.

Nada de extraño tiene pues, que en éstas condiciones, los mahometanos se apoderaran pronto de casi toda la península Española y que llevando más allá sus ambiciones, transmontaron los Pirineos y emprendieron la conquista de Francia, la que no pudieron lograr gracias a que Carlos Martell los derrotó el año de 732 en la batalla de poitiers.

"Auge de los judíos"

Con los mahometanos, los judíos llegaron a un alto grado de cultura y prosperidad. Se enriquecieron con sedas, esclavos y usura. Brillaron en Medicina y estudios aristotélicos y cuando los cristianos emprendieron la reconquista de España, para nada los persiguieron y así San Fernando al tomar en 1236 Córdoba a los Sarracenos, les dio a los Judíos cuatro grandes mezquitas para que las convirtieran en sinagogas. Les dio además, una de las más deliciosas partes de la ciudad para su vivienda, con sólo dos condiciones: que se abstuvieran de menospreciar la Religión Cristiana y hacer prosélitos entre los cristianos. Los judíos hicieron las dos promesas y no cumplieron ninguna. No obstante, por algún tiempo no fueron molestados, y así continuaron florecientes, en parte porque eran útiles a muchos Reyes. Su influencia era tan grande en España que tan sólo en Castilla debieron llegar a finales del siglo XIII a un número aproximado de cinco millones.

Y en el siglo XV llegaron a ser tan poderosos, que en varios aspectos se hallaban al margen y hasta por encima de la Ley. La Ley contra la blasfemia, por ejemplo, no podía aplicarse a ellos. Podían favorecer la herejía y alegar en su defensa la libertad de cultos otorgada a los judíos.

Negocios, propiedades y hasta el gobierno pasaba por sus manos. Los Reyes, a cambio de préstamos les concedieron el derecho de imponer y recolectar contribuciones públicas a base de generosa comisión. Negociaban con gran provecho, vendiendo personas como esclavos y practicando la usura como cosa muy natural.

Según observa Lea, uno de los mayores impugnadores de la Inquisición en España, en 1326, durante el hambre en Cuenca, (Los judíos) pedían a los labradores que necesitaban dinero, para comprar el trigo de la siembra, el 40% de interés.

Aficionados al proselitismo forzaban a los criados cristianos a circuncidarse y precionaban a sus deudores algunas veces para que abjuraran de  Cristo. Hacían burla de los Frailes y las Monjas y parodiaban las ceremonias de la religión cristiana.

Todo esto hacía que el pueblo no los amara (a los judíos),  si no que, por el contrario, los odiara y no por cierto como pretenden algunos impugnadores de la Inquisición, por no practicar las cosas que enseñó Moisés, sino por hacer lo que él había prohibido.

En efecto: Moisés había dicho: "Que no se encuentre entre nosotros ningún hechicero ni encantador, ni quien consulte espíritu a pitonicos, ni nigromantes, o agentes que busquen la verdad por medio de los muertos, El Señor aborrece estas cosas..." Y los Judíos y españoles, por contagio sin duda de los supersticiosos mahometanos, se entregaban con fines financieros, a aquello que se denominaba hechicería, brujería, magia negra, astrología, alquimia, venta de pócimas más amorosas, el uso de hechizos para bendecir el lecho matrimonial, o a instancias de un rival vengativo, hacer impotente al joven marido, etc.,etc.

En estas condiciones, se encontraban los judíos en españa cuando el año de 1454, murió el Rey Juan II, dejando el Cetro de Castilla en las incompetentes manos de su hijo Don Enrique el Impotente, el cual se había rodeado de moros y de judíos, cuyas blasfemias contra la Fe cristiana hallaban eco en su corrompida Corte, estando el país infestado de bandoleros, asesinos, usureros, recaudadores de contribuciones, charlatanes y canallas de mil especies.

He aquí cómo describe el historiador Nicolás González Ruiz, autor de la colección "Vidas paralelas" editada en Barcelona, por la editorial Cervantes, en su obra "Isabel de España e Isabel de Inglaterra", pág.72;
el estado general de España cuando subió al Trono de Castilla la Reina que ha pasado a la Historia con el nombre de ISABEL LA CATOLICA.

"El estado de miseria y anarquía era espantoso. Los nobles, fuertes en sus castillos, se lanzaban a toda suerte de depredaciones y entablaban contiendas entre ellos. Las ciudades vivían en alarma constante sin saber que tropa se presentaría cualquier mañana a cometer toda suerte de desmanes y a proclamar un nuevo rey o un nuevo heredero. El bandolerismo en gran escala era una especie de necesidad vital. En un estado sin organización, sin Hacienda, donde la estructura feudal se venía abajo y los nobles eran, por turno, salteadores de caminos y fabricantes de moneda falsa, donde no existía garantía de ninguna especie, no había trabajo, ni había de comer. Los hombres se lanzaban al campo y tomaban por la fuerza las cosas que necesitaban de donde las hubiese. Subsistía aún la amenaza musulmana que pudiera muy bien aprovecharse de aquella tremenda desorganización, se verificaban matanzas de judíos cristianos nuevos, por los judíos cristianos viejos, y algunas de cristianos viejos, por los cristianos nuevos, y aún puede afirmarse que algunos de los cristianos nuevos resultaba dirigida por algunos de éstos que se las daba de viejo y era judío Cristiano de anteayer, según lo declaraban a las claras su avaricia y su nariz......Los asaltos a los conventos adquirieron en varias ocasiones caracteres de manifiesta ferocidad".

"Isabel la Católica"

La hija de Juan II, la protectora de Colón, la Reina de Castilla, Isabel la Católica, resultó ser una mujer de talento, de gran energía, de grandes ideales, fue indudablemente una de las más espléndidas mujeres de la Historia. Ella tenía Salud, belleza, inteligencia, valor y una fe luminosa e invulnerable.

A los 17 años, en contra de mil oposiciones y siguiendo el consejo del Arzobispo de Toledo, arregló en secreto, su boda con el joven Fernando de Aragón y a los 23 años, después de muchas vicisitudes, heredó el Trono de Castilla, que cuatro años después vino a unirse con el de Aragón, por haber heredado este Trono su marido, de aquí nació que Isabel y Fernando concibieron la grandiosa idea de acabar de arrojar a los árabes y de reunir bajo una sola corona todos los reinos de España.

Pero los obstáculos para llevar a cabo esta empresa aparecían verdaderamente insuperables; Portugal se hallaba a punto de declarar guerra. En Castilla no había Ejército que mereciera tal nombre. Nobles, ladrones y merodeadores, como hemos dicho, libraban guerras en privado, despojaban al pobre, saludaban y quemaban a placer, etc., etc. Granada estaba ocupada por los moros, los que con refuerzos del África, podían en cualquier momento sembrar fuego y de armas, como en el siglo VIII, toda la Península; pero el principal obstáculo de todos era EL PROBLEMA JUDÍO.

Los tiempos clamaban por un hombre fuerte y del genio de San Fernando para imponer la paz y el orden; el Rey de Aragón no daba la medida, pero la dio la Reina de Castilla.

Y así mientras Fernando bate a los portugueses y los derrota en la decisiva batalla en Toro, la Reina cabalgaba por toda la comarca celebrando consejo en todas partes, escuchando quejas contra asesinos, ladrones y demás gente criminal y ordenando que fueran castigados si eran culpables, si tal merecían, con la pena de muerte y que fueran ejecutados sin más dilación que la indispensable para que se confesaran; ni siquiera pestañeaba al alejarse en su caballo Blanco después de ordenar con viveza: "Fuera su cabeza!!".

Esa mujer era algo extraordinario. (El homicidio es lícito en caso de legítima defensa, la que puede ser "individual" - "colectiva", como en caso de guerra justa, o - social, cumpliendo la sentencia de muerte dictada contra un malechor por un tribunal competente. Alegar contra la pena de muerte, que un asesinato no se corrige con otro asesinato, es una insensatez, pues el asesinato es un homicidio injustificado y la aplicación de la pena de muerte es un homicidio justificado.)

Objetos robados fueron recuperados, los criminales empezaron a pensarla dos veces en derramar sangre, las personas decentes pudieron otra vez dormir tranquilamente en sus lechos. En Sevilla, famoso centro del crimen, hizo ejecutar a tal cantidad de maleantes, que el anciano Arzobispo acabó por interceder para que la justicia no se olvidará de la clemencia. Y consiguió, aunque no sin esfuerzo, que dos poderosos nobles dieran por terminada una guerra particular y que se unieran para servicio de su Patria.

"El problema Judío"

Isabel y Fernando adoptaron una decisión: que la paz y la prosperidad que tanto les costó conseguir, fueran permanentes. Para ello era indispensable desterrar o aniquilar el poder musulmán que amenazaba más allá de las montañas de Granada; esto significa una guerra larga y costosa, la que se hizo inevitable cuando Miley Aboul Hassan, después de pactar con los Reyes una tregua de 3 años, invadió en 1478 Murcia con cuatro mil caballos y treinta mil infantes, matando a toda la población de Cieza, compuesta más que de hombres, de mujeres y niños.

Para poder combatir el poder musulmán se presentaba un tremendo problema: el problema judío.

En efecto, es axiomático que en tiempo de guerra, un país debe tener unidad de deseo y objeto, y esto no existía en España, principalmente a causa de los Judíos y no por cierto a causa del problema religioso que pudiera suponerse, pues el derecho de la libertad de cultos estaba reconocido; ni tampoco por ese conflicto de raza que es propio de los tiempos modernos, sino por la presencia de una grande y poderosa clase de judíos que hipócrita y falsamente se hacian pasar por cristianos.

Por donde quiera escuchaba la joven Reina que aquellos "conversos" que era como se les llamaba, así como también "marranos" en su mayoría no eran cristianos sinceros y por eso no podía contarse con ellos en tiempo de guerra.

Por donde quiera oía referir las atrocidades de los "conversos" que daban lugar a estallidos de la peor especie, pues el populacho tomaba el asunto por su cuenta. De ciudad en ciudad, desde antes de subir al Trono Isabel, eran degollados los conversos y quemadas sus casas por el populacho. Y en el año de 1467 se inició en Toledo una serie de matanzas, con motivo de que los canónigos de la Catedral, habían vendido a cierto judío el privilegio de cobrar un impuesto sobre el pan de la vecina ciudad de Maqueda. Un cristiano influyente ordenó que fueran expulsados los judíos de la ciudad. Los conversos se organizaron y uno de sus jefes, Fernando de la Torre, hombre violento y adinerado, fue lo bastante insensato para presumir de tener cuatro mil guerreros bien armados, seis veces más que los antiguos judíos cristianos poseían, y el 21 de julio dirigió sus tropas contra la Catedral, mientras los cristianos reunidos oían Misa.

Entraron los armados "conversos" en la Catedral, lanzando injurias, los cristianos sacaron sus espadas y en sangrienta lucha se defendieron ante el Altar Mayor. De la vecinas ciudades comenzaron a llegar refuerzos; se verificó una ofensiva al populoso barrio de los conversos y colgaron a Fernando de la Torre degollando a los recién conversos cristianos sin la menor piedad. Continuamente se producían choques semejantes.

En 1473, en Córdoba una famosa imagen de la Santísima Virgen que era llevada en solemne procesión, el segundo domingo de Cuaresma, fué regada con un cubo de sucio líquido, desde una ventana de la casa de un converso rico, lo que dio lugar a que los cristianos sacarán sus espadas y se organizará una matanza que degeneró en un estado de guerra que prosiguió durante cuatro años. La matanza siguió en Montoro, Adamuz Ubeta, Jaen y otros lugares.... llegándose por fin a una terrible matanza en Segovia el día 16 de mayo de 1474.

Días después, al regresar Isabel con su esposo a esta ciudad de la que había hecho un temporal Capital, las calles aún ofrecían las señales de la carnicería y del incendio.
Se imponía echar mano de algún expediente para poner remedio y fin a este estado de cosas, lo que requería descubrir entre los conversos, cuales eran sinceramente católicos y cuales eran falsos para castigar sólo a éstos, pues la confusión de ellos daba lugar a que las matanzas murieran tanto culpables como inocentes.

Necesidad de la Inquisición 

El expediente ordinario de recurrir para ello a los tribunales de justicia civil existentes, era de desecharse, porque muchos jueces y abogados eran falsos conversos y lo mismo ocurría con los tribunales pertenecientes a la Iglesia, pues muchos sacerdotes y aún Obispos, eran descendientes de judíos y la buena fe de no pocos de ellos era por demás sospechosa.

Así, por ejemplo, el párroco de San Martín de Talavera, Andrés Gomalz, según su propia confesión, celebró Misa desde 1472 hasta 1486, sin creer en ella, ni tener la menor intención de creer. Oyó algunas confesiones sin conceder la absolución siquiera. También Fray García de Tapate, Prior del gran Monasterio Jerónimo de Toledo, al elevar la Hostia en la Santa Misa, murmuraba: "¡¡arriba Perico, que te vea todo el mundo!!" y volvíales la espalda a los penitentes en la confesión en lugar de absolverlos.

Y así inevitablemente Isabel, no sólo por la presión de la opinión pública, sino por la misma lógica, fue llevada a buscar las únicas armas a su alcance: un tribunal en que los jueces fueran Frailes Dominicos, cuidadosamente escogidos y cuya virtud y valor estuvieran más arriba de sobornos e intimidaciones: EL TRIBUNAL DE LA INQUISICION.

No existe prueba alguna de que fuera Fray Tomás de Torquemada quien sugiriera a la Reina tal cosa; parece que quien tal le sugirió fue el futuro protector de Cristóbal Colón, el gran Cardenal Pedro González de Mendoza, que es el verdadero padre de la Inquisición española.

Fue así él quién solicitó del Papa Sixto IV que nombrará a cuatro delegados para que en unión de dos Obíspos, trabajará por acabar con la herejía de los falsos conversos, causa de tantas calamidades.

Todavía antes de hacerlo quiso la Reina informarse mejor del caso, consultando con varias personalidades; los informes de los investigadores no pudieron ser más alarmantes: el Obíspo de Cádiz, comisionado para investigar la situación en Sevilla, le dio cuenta de que en el año 1478, casi todos los conversos eran falsos, pues practicaban secretamente el judaísmo. Fray Alonso de Ojeda, otro dominico, la informó del fracaso de sus esfuerzos para llevar los conversos a una práctica sincera de la Religión Católica y requirió fuertes medidas para resolver la situación.

Antes de enviar el documento a Roma, se leyó y aprobó por la Junta de nobles, seglares y Clérigos, y el Papa, el día 1o de Noviembre de 1478, escribió una Bula concediendo lo pedido en vista de las razones alegadas.

LOS REYES CATÓLICOS DEMORARON DOS AÑOS LA FUNDACIÓN DE LA INQUISICIÓN 

Aún armados como estaban Fernando e Isabel con la tremenda autoridad y responsabilidad concedidas por esta Bula, no se precipitaron a blandirla sobre las cabezas de los conversos, como hubieran hecho de haber sido los fanáticos de que se les acusa. Al contrario, decidieron considerar el asunto con tiempo, y guardaron el documento casi dos años. Para esto fueron influenciados por el Cardenal Mendoza, quien les recordó, que si muchos conversos estaban ignorantes en las verdades de la fe Católica, podía ser porque no se les enseñó por quienes tenían la obligación de hacerlo.

El Cardenal preparó un catecismo para todas las Parroquias de su Diócesis, después de varios meses de trabajo, los resultados fueron descorazonadores. Aún después de darles a los prósperos e ilustrados conversos las razones de porque era Cristo el Salvador del mundo y de porque su Iglesia de la cual eran miembros, tenía que ser obedecido, hicieron en su lugar una burla de su Nombre y del de la Santísima Virgen.

Al final del segundo año de inútil catecismo, toda la cristiandad fué aterrorizada por las victorias del gran turco Mohamet II, quien, Iracundo por su fracaso al asaltar Rodas, envio su flota hacia el oeste, asoló la costa de Apulia, y el 11 de agosto de 1480 tomó la Ciudad de Otranto en el Reino de Nápoles, casi la mitad de la población Civil, 22,000 personas fueron asesinadas a sangre fría, mientras el Arzobispo y los Sacerdotes eran muertos después de brutales torturas.

La reacción en España, cuando llegaron en septiembre las noticias de tales horrores, tuvo sin duda algo que ver con la decisión del Rey Fernando y de la Reina Isabel, para llevar a efecto, sin más dilación, los poderes concedidos a ellos por el Papa Sixto IV. El día 26 publicaron en Medina del Campo, un decreto haciendo efectiva la Inquisición, nombrando miembro del primer Tribunal de Castilla, al Cardenal Mendoza, a Fr. Tomás de Torquemada, y a otros dos Dominicos, Fr. Miguel Morillo y Fr. Juan de San Martín.

Por lo que parece, la cabeza directiva de esa nueva organización era el Cardenal, en tanto que Fr. Tomás de Torquemada actuaba de experto consultor. Morillo y San Martín serían los Inquisidores activos y como tales comenzaron a actuar en la casi judaica ciudad de Sevilla, donde fueron a últimos de octubre para tomar testimonios.

El día 2 de enero de 1481, publicaron los Inquisidores un edicto de gracia, llamando a los Cristianos que fueran culpables de judaísmo, apostasía y otras ofensas a la Fe, a fin de que acudieran ante el Tribunal, a abjurar de sus errores y ser reconciliados con la Santa Iglesia. Siguieron a éste, dos edictos más. El tercero prevenía a todos los buenos católicos para que evitarán asociarse con judaizantes, es decir, con falsos conversos judíos, que en secreto practicaban su religión y miraban la fe de ellos, y también denunciarán las reuniones secretas que se decía celebraban conspirando en contra de la Fe Cristiana.

A los conversos poderosos de Sevilla, relacionados por matrimonio con judíos ricos y con nobles cristianos, no les pasaba por la cabeza que la joven Reina Isabel pensara en quemar alguno de ellos si lo juzgaba necesario. Pero cuando Morillo y San Martín empezaron a demostrar que iban de veras, convocando a sospechosos y a testigos para ser examinados, éstos poderosos decidieron que no podían tolerar la Inquisición y un grupo de ellos se reunió para considerar lo que debían hacer.

¿Podía haber nada más elocuente de la extensión del judaísmo en las filas del catolicismo, que el hecho de esta funesta reunión verificada en la Católica Iglesia de El Salvador? Entre los judíos presentes estaban sacerdotes católicos, Priores de monasterios, tres de los veinticuatro que gobernaban la ciudad, el Alcalde de la Fortaleza de Triana, el Dean del Capítulo de la Catedral y varias personas más, de gran relieve.

El Rabino millonario Diego de Susan, pidió rebelión armada. Fueron designados los jefes: algunos para reclutar gente, otros para comprar armas.... los inquisidores habían de ser asesinados y los Reyes, informados de que no se toleraría la Inquisición en Sevilla.

Puede imaginarse lo grave de la situación, con los turcos en el mar y una guerra inminente contra los moros del sur. Afortunadamente para la recién fundada unidad española, la conspiración fue revelada por una hija del viejo Susan a su novio, que era Católico y que informó a los inquisidores. Varios jefes fueron arrestados en Sevilla. En la casa del Dean de la Catedral se encontraron armas para cien personas. Estos hechos fueron sometidos a un jurado de abogados y como resultado de su deliberación, el primer "Auto de Fe" en Castilla, tuvo lugar el 6 de febrero, con Misa en la Catedral, seguida de sermón pronunciado por Fr. Alonso de Ojeda.

"LOS PRIMEROS CONDENADOS FUERON NUEVE"

Considerando que en aquel tiempo, en cualquier parte del mundo, una conspiración para tomar armas en contra del Soberano, implicaba muerte por alta traición para todos los complicados, algunos conversos culpables se marcharon sigilosamente. Aquellos que confesaron obtuvieron la usual penitencia y se reconciliaron con la Iglesia y así el "Auto de Fe" término con solemne música, pues un Auto de Fe no era, como piensa el pueblo, una chamusquina de herejes, sino una ceremonia puramente religiosa, en la que se daba lectura a las sentencias dictadas, lectura que se interrumpía de tiempo en tiempo para dar lugar a que los fieles ejecutarán actos de Fe. De aquí su nombre.

Seis de los cabecillas que no quedaron libres por medio de su penitencia, fueron entregados a las autoridades civiles, las que aplicándose las leyes entonces en vigor, procedieron a quemarlos fuera de las murallas de la ciudad.

Algunos días después, Diego de Susan y otros dos, fueron quemados también, o sea un total de NUEVE quemados, numero que esta muy lejos de ser los mil quinientos que los enemigos de la Inquisición y de la Iglesia pretenden fueron quemados para iniciar la Inquisición en España por Fr. Tomás de Torquemada, el que por cierto, en este caso no tuvo nada que ver.

Ya no podía caberles la menor duda a los Judíos secretos de que la Reina iba de veras en este asunto, como lo había ido contra los asesinos y saqueadores de antaño. El pánico se apoderó de ellos y huyeron en todas direcciones. En otro "Auto de Fe" abjuraran setecientos SIENDO ABSUELTOS.

Durante el verano se público otro edicto de gracia, esta vez con duración de dos meses. En Castilla confesaron unos 17,000 siendo absueltos mil quinientos de ellos en UN SOLO "AUTO DE FE"

"REPROBACIÓN DEL PAPA"

El Papa Sixto IV, mientras tanto, llegó a la conclusión de que, por lo menos, algunas de las quejas que recibía de los cristianos judíos, estaban fundadas: que los Frailes Morillo y San Martín habían ido demasiado lejos en su celo, que habían ido más lejos de lo que él había autorizado y así cuando Isabel y Fernando, hacia fines de 1841, pidieron permiso para extender la Inquisición a Aragón, el Papa Sixto lo negó y el 29 de enero de 1482, les escribió una enérgica carta quejándose de que, aunque no dudaba de su sinceridad al pedir la Inquisición, su embajador en Roma había dado una vaga, confusa e incompleta explicación de la situación en España, lo que no le satisfacía, y que destituiría a los dos Inquisidores, si en el futuro se "condujeren de otro modo que con celo para la Fe y la salvación de las almas, o menos justamente de lo que debieran".

"ATACAN LOS ÁRABES"

Mientras tanto, comenzaron los moros la muy temida guerra, asaltando la Ciudad de Sahara, protegidos por una tormenta, la noche siguiente a la navidad de 1481. Isabel y Fernando, llevaban 10 años de agotadores combates. Más que nunca era preciso saber con seguridad de la lealtad de todos los súbditos. El Papa Sixto IV simpatizó con ellos en este punto.

"NO PUEDE CULPARSE A ISABEL DE RACISMO"

Cuán poco "Racismo", en el moderno sentido de la palabra, había en la situación que prohijó y perpetuó la Inquisición española, está indicado en la discusión entre la Reina y él Papa, el mismo año, sobre el nombramiento de un Obispo para la sede vacante en Cuenca; pues Sixto IV propuso nombrar a uno de sus sobrinos, que luego fue el Papa Julio II; y la Reina Isabel había prometido ese puesto a su capellán Alonso de Burgos, a pesar que este hombre era de descendencia judaica; y así, en el preciso momento en que ella estaba estableciendo la Inquisición para castigar a los Judíos secretos, porque judaizaban, insistía en colocar la Mitra sobre la cabeza de un hijo de judíos convertido, aún de provocar un nuevo cisma en la cristiandad. Además, tanto entonces como más tarde, sus mejores secretarios, sus principales hombres de Estado, gran parte de su séquito, y muchos amigos personales suyos eran de descendencia judía. Claramente se veía, pues, que carecía de prejuicios de raza.

El Papa cedió, pero insistiendo en que se haría su voluntad en lo concerniente a la Inquisición, y en febrero de 1482, nombró 8 Inquisidores en Castilla y León, diciendo que le habían sido recomendados "Por su pureza de vida, amor y celo hacia la Religión, buenas maneras y otras virtudes".

El Papa censuró nuevamente a Morillo y a San Martín, por su indiscreta e injusta conducta en Sevilla, y al Embajador español, por no haberle aclarado la situación.

"EL PAPA SIXTO IV RECOMIENDA MODERACIÓN"

Recomendó a los nuevos inquisidores "que en remisión de sus pecados y amor a Dios, dejarán aún lado el temor, y aceptarán el peligroso oficio, con espíritu de fortaleza, a causa de la urgencia del asunto, y con esperanza de recompensa eterna.....para que la raíz de esa perversidad sea arrancada por vuestro cuidado y solicitud, de los viñedos del Señor, después de haber expulsado a los zorros para que pueda dar fruto abundante".

De aquí en adelante, dijo el Papa, él sería quien hiciera los nombramientos de los inquisidores españoles, reservándose para sí y sus sucesores, el derecho de revocarlos. Hecho esto, mandó al Rey Fernando, el 17 de abril de 1482, una autorización para extender la Inquisición a Aragón; pero la retiró en octubre, quizá porque llegaron a Roma nuevos grupos, con nuevas quejas, basadas en injusta persecución ilegal y confiscación de sus propiedades. Los conversos acaudalados pretendían que el principal objeto de Fernando e Isabel al implantar la Inquisición, había sido sólo pretexto para despojarlos de sus bienes y pagar así la guerra con los moros. Fernando escribió una amarga carta al Papa protestando de las cartas de inmunidad dadas en Roma a hombres y mujeres condenados en España y declaró que no las respetaría.

En tono más conciliador escribió por su parte la Reina, primero en septiembre  Y después en diciembre de 1482. El Papa le contestó el 23 de febrero del año siguiente. Temiendo que ella pensara que él pudiera creer que al castigar a "esos hombres sin Fe, que pretendiendo ser cristianos blasfemaban y crucificaban a Cristo con traición judaica", estaba impulsada más por codicia y ambición que por celo a la Fe y a la verdad católicas, o por temor de Dios, le dice: "estuviese segura de que no hemos tenido tal sospecha....pues no creemos en todas las quejas y si préstamos oído a las quejas de otros, no es abandonando nuestro criterio".

En cuanto a la petición de la Reina para establecer un Tribunal de Apelación en España en vez de en Roma. El Papa discutiría el asunto con los cardenales "y de acuerdo con sus consejos, en cuanto seamos capaces delante de Dios, trataremos de acceder a vuestro deseo".

El Papa proseguía, sin embargo, que si bien no culpaba al Rey o a la Reina, personalmente, no estaba convencido del todo de que las quejas que los judíos secretos le llegaban en contra de los Inquisidores, no fueran fundadas. "Por consiguiente, apelamos y mandamos que evitéis cuidadosamente censuras de esta clase, que sean tenidas de cualquier fiel, sea el que fuere, y que no permitáis una injuria tan evidente a nosotros y a la Santa Sede....".

"NOMBRAMIENTO SOBRE EL JUEZ DE APELACIÓN." (Es decir, de un Juez a quien pudieran recurrir los sentenciados para evitar que fueran víctimas de una injusticia)

El Papa discutió la situación con los Cardenales y decidió aceptar la sugestión de la Reina de que nombrará un Juez de Apelación recidente en España y libre de la influencia de los amigos de los conversos en Roma.

Sixto IV escogió al anciano Arzobispo de Sevilla. Íñigo Manrique, nombrandole directamente en lugar de dejar a los soberanos que lo hicieran y le ordenó, bajo Santa obediencia, aceptar tan difícil oficio. Al mismo tiempo destituyó de oficio, al Inquisidor Cristóbal Gálvez de Valencia, el cual dijo - "actuaba sin piedad ni prudencia".

El Arzobispo de Sevilla era ilustrado y altamente respetado, pero ya muy anciano y sin duda encontraría presión por parte de los Reyes, pues los conversos se quejaron al Papa, diciendo que su justicia era tan severa que no se atrevían a apelar a él.

Hombres y mujeres de desendencia judaica que habían llegado de Roma con cartas de perdón del Papa temieron presentarlas al Obispo al saber QUE SUS EFIGIES habían sido quemadas, durante su ausencia, por los Inquisidores.

El Papa Sixto IV con fecha 2 de agosto de 1483 acabó por escribir una Bula en la que ordenaba que todos aquellos a los que se había impedido apelar, o presentar sus cartas Papales, tenían que tener sus casos revisados, oídos y decididos justamente con toda diligencia y que los conversos cuyas apelaciones estaban pendientes en Roma, no debían ser perseguidos bajo ningún pretexto, sino tratados y considerados como verdaderos Católicos.

Y este es el desastroso estado en que se encontraban las cosas cuando en el año de 1483 entró en acción Fray Tomás de Torquemada.

¡TORQUEMADA! que fue el hombre que pudo hacer cuanto los otros Inquisidores no lograron, el que tuvo éxito donde fracasaron los demás. El que aserto a satisfacer a un tiempo a la Reina, al Rey, al Papa y al pueblo. El comprendió la situación de España y la necesidad de tomar medidas enérgicas para evitar injusticias; el admiraba la nueva y vigorosa monarquía ya que, por haber vivido en Segovia, conocía los trágicos resultados de la anarquía.

Nació Fr. Tomás de Torquemada en o cerca de Valladolid, Castilla la vieja, el año de 1420.
De joven estudió, enseñó, rezó, siguiendo humilde su camino bajo su hábito negro y blanco, hasta que al fin llegó a Prior en el Convento Dominicano de Segovia.

Tendría unos 54 años cuando comenzó a llamar la atención en el mundo fuera de su Orden. Guardaba con exactitud su disciplina siendo respetado por todos sus subalternos, no sólo porque lo consideraban justo, sino porque era más severo consigo mismo que con los demás. Amaba los libros, la soledad, los edificios hermosos. La arquitectura constituía uno de sus mayores pasiones y como buen fraile todo lo veía en relación con Dios.

Su incorruptible pureza, su eficacia como hombre de acción y la confianza que inspiraba a personajes acostumbrados a juzgar la naturaleza humana, dieron lugar a que la Reina Isabel la Católica lo solicitará para confesor.

El cargo no fue de su elección, pues el no deseaba afrontar la responsabilidad espiritual de los Reyes y, al principio, declinó la honra, pero insistió Reina y el tuvo que aceptar. Generalmente la Reina conseguía lo que quería.

Al correr el tiempo como las dos redes principales de España quedarán vacantes, le ofrecieron primero hacerlo Arzobispo de Toledo y después Arzobispo de Sevilla.
De haber sido Fray Tomás un hombre ambicioso, como pretenden sus calumniadores, es indiscutible que hubiera aceptado y que hubiera llegado a Cardenal y tal vez hasta hubiera podido aspirar a Papa..... pero siempre prefirió continuar como simple Fraile.

En 1479 se hallaba desempeñando un deber muy grato: inspeccionar los comienzos de uno de los más bellos monumentos arquitectónicos de toda Europa, el Convento Dominicano que se llamaba como el de Aquino, invirtiendo al efecto los fondos que su penitente Hernán Núñez Arnal había dejado en su testamento con tal objeto, cuando se estableció la Inquisición en Sevilla, siendo nombrados Inquisidores el Cardenal Pedro González de Mendoza, Fray Tomás de Torquemada como consultor y los Dominicos Fr. Miguel Morillo y Fr. Juan de San Martín.

Durante los tres años siguientes no parece que Torquemada haya tomado mayor ingerencia en la actuación de dicho Tribunal, pero los Inquisidores Morillo y San Martín, exageraron el celo para condenar a los conversos falsos, lo que dió lugar a que muchos de ellos apelaran a Roma y que su Santidad recriminara la conducta de los Inquisidores y amonestara a Fernando.

Fue entonces cuando Fernando e Isabel concibieron la idea de centralizar todos los poderes de la Inquisición y poner al frente de ella a Torquemada.

TORQUEMADA EN ACCIÓN

Se explicó la situación a Roma y uno de los últimos actos de Papa Sixto IV, fue nombrar a Fray Tomás de Torquemada Inquisidor General por Castilla y León, haciéndolo al mismo tiempo los Reyes su Consejo real.

A pesar de todas las leyendas que han puesto a Torquemada a la espectativa del momento propicio para empezar a quemar judíos a su placer y regalar su olfato con el dulce aroma de protestantes asados, en su cargo nada tuvo él que ver con ninguna de las dos cosas. Ni persiguió judíos, como a tales, ni quemó protestantes, pues en su tiempo todavía no había protestantes. Su único fin era hacer a todos los Católicos, Católicos leales; todo el mundo reconoce que no sentía ninguna megalomanía. Después de él otros Inquisidores llegaron a ser Arzobispos y Cardenales, ministros confidentes de los Reyes.....

Torquemada rechazó resueltamente todos los grandes honores que le fueron ofrecidos con tales fines. Hasta el mismo Lea, impugnador acérrimo de la Inquisición, admite que su elección "justifica el talento de los soberanos".

LA LABOR DE TORQUEMADA

A la edad de 63 años empezó su régimen acabando con los abusos de Morillo y San Martín. Luego planeó y llevó pacientemente a cabo un perfecto sistema de jurisprudencia, que, en definitiva, estaba mucho más avanzado que en ningún otro país de Europa. Mejoró las cárceles, la comida que en ellas se daba, los procesos y otras comisiones, llegando a ser público en España, que los hombres recluidos por distintos crímenes en las cárceles que contenían a los prisioneros del Santo Oficio, ya que ser juzgado por Dominicos era preferible a serlo por empleados civiles. Como es lógico, también cuentan las excepciones, se registraron casos de crueldad, de persecución, de ingerencias politicas y de animosidades y venganzas personales, pero no por las reglas dictadas por Torquemada, sino a pesar de ellas.

TORQUEMADA REORGANIZA EL SANTO OFICIO.

Torquemada reorganizó el Santo Oficio como un Tribunal representando ambos poderes: el de la Iglesia y el Civil. A la cabeza del sistema se hallaba el consejo supremo, conocido en España como "La Suprema"; ocupando el siguiente lugar en dignidad y autoridad, el Consejo Real de Castilla. Sus miembros tenían tratamiento de Excelencia y eran delegados especiales de la Santa Sede para asuntos eclesiásticos, y de los Reyes en los civiles.

Sólo los Obispos, los Arzobispos y los Cardenales estaban por encima de la jurisdicción de esta poderosa autoridad. Torquemada organizó su composición y escogió con el mayor cuidado a sus miembros para asegurar su eficacia, independencia e inmunidad en las usuales causas de corrupción política.

Este Consejo era una especie de Consejo Supremo de la Inquisición con ciertas funciones ejecutivas por añadidura. Manejaba todas las apelaciones de los Tribunales locales y demás oficiales. Dictaba leyes para asuntos no previstos en las instrucciones u ordenanzas de Torquemada. Mandaba visitadores o inspectores para enterarse de los asuntos de los tribunales locales y castigar cualquier corrupción, exceso o ineficacia. Pero lo más importante de todo era tal vez que tenía que ser obtenida su aprobación antes de que ninguna persona fuera detenida o sentenciada en cualquier parte de España. Poniendo así sobre el fanatismo o el exceso de celo, un freno que estaba ausente de la anterior Inquisición.

Cada Tribunal disponía de dos "consultores" con el título de Teólogos y de un personal tan variado como numeroso, para atender sus diferentes actividades; y no sólo las de orden espiritual, sino también material, pues contaba con mensajeros para ir de un Tribunal a otro, con "proveedores" cuyo oficio consistía en procurar la comida de los prisioneros, médicos cirujanos y hasta barberos que debían atender a los presos atentamente; y en el orden espiritual tenían Capellanes para administrar auxilios a los reos y cuatro personas de reconocida honradez, para asistir a los Capellanes, sin sueldo, visitando a los prisioneros, enseñándolos y consolandolos.

Los familiares, que así es como se llamaban los alguaciles de la Inquisición Española, practicaban detenciones, eran carceleros y en algunas ocasiones acompañaban a los Inquisidores.

En general solamente iban armados cuando debían realizar detenciones.

Los Inquisidores por lo normal iban vestidos como sacerdotes, con hábito religioso y por supuesto, sin armas. Torquemada mantuvo alrededor suyo durante algún tiempo una vigilancia y a esto dio una gran resonancia la historia partidarista; así según Lea, el impugnador de la Inquisición española, Torquemada iba rodeado de 250 familiares armados y de 50 hombres de caballería, además de que, a causa de su permanente miedo a ser asesinado, guardaba en su mesa el cuerno de un unicornio, para descubrir y neutralizar los venenos. Ni que decir que Lea recogió esta absurda leyenda de las falsas y desonestas páginas de Llorente, pues los testimonios que tenemos sobre Torquemada, nos lo presentan como un hombre incapaz de sobornar, ni dejarse intimidar por los esfuerzos de las astutas y poderosas gentes que se hallaban bajo su jurisdicción; es indudable que el era un hombre valiente y un buen religioso, de modo tal que hubiera deseado morir por causa de Cristo.

Torquemada exigía que antes de iniciarse una "pesquisa" o los preliminares de una investigación secreta, dos testigos de buena reputación y de sinceridad patente declararán contra la persona afectada; las denuncias debían ser escritas y firmadas (más tarde bajo juramento ante notario). Las denuncias anónimas no se admitían y las falsas acusaciones se castigaba con severidad.

Uno de los tribunales de Torquemada impuso la pena de muerte a algunos judíos que denunciaron a varios conversos por espíritu de venganza, acusados de diversos delitos que aquéllos demostraron no haber cometido.

La persona denunciada por dos testigos era objeto de una investigación. Se investigaba generalmente sin su conocimiento, su pasado, su reputación, sus antepasados, sus negocios, sus asociados..... si se encontraban indicios, siempre que fueran "claros, ciertos, y específicos" (se precisaban estas tres condiciones) el proceso se iniciaba dejando libre al inculpado, salvo cuando se consideraba probable su huida, en cuyo caso se procedía a su detención.

El reo debía ser oído dentro de los tres días siguientes a su detención.
Comparecía ante los jueces, juraba decir verdad, se le informaba de los cargos formulados contra el y de sus fundamentos; se le requería para confesar y reconciliarse.
Si se negaba, después de un plazo de tres días era nuevamente interrogado. Si persistía en su obstinación se le concedía una tercera sesión. Después de todo esto comenzaba el interrogatorio. Terminado éste, el fiscal presentaba sus pruebas a los Inquisidores y se pedía que se juzgará al reo de acuerdo con la Ley. La acusación desde el comienzo al fin debía ser leída al acusado con una pausa después de cada artículo para su debida réplica, mientras el notario redactada sus contestaciones.

El acusado estaba autorizado para tener defensor y despues con la reforma de Valdez, el Santo Oficio pagaba sus honorarios si el defendido era pobre. Este defensor tenia acseso, en los momentos del juicio, a la sala donde se verificada y podía rebatir las acusaciones del fiscal, descalificar a los testigos, pedir nuevas informaciones o declaraciones, pudiendo hablar libremente con el acusado, quien también podía ver las copias del proseso, aunque los nombres de los testigos no podía conocerlos, como sucedía en la primitiva Inquisición y por las mismas razones.

TORQUEMADA LIMITÓ Y MITIGÓ LA TORTURA.

Desgraciadamente la Inquisición empleaba la tortura; pero una de las obras de Torquemada fue presisamente limitar y mitigar las crueldades. Logró que no se empleara como medio de castigo, sino solo para obtener la absoluta prueba de aquello que todavía se fundaba en lógicas sospechas. Para emplear la tortura debería haberse contradicho el acusado en materia grave, su mala fe debería ser evidente y se debería contar además con una abrumadora mayoría de testigos en su contra.

Si se estimaba que el acusado debía ser sometido a tortura era examinado por los médicos para asegurarse de que su estado físico permitía su aplicación. El médico tenía que estar presente cuando ella se aplicaba y esta cesaba al ordenarlo él.

Abolió Torquemada los más bárbaros métodos de tortura del Renacimiento, como el llamado "cura agua", que consistía en que el reo, si se negaba a aclarar las contradicciones de sus declaraciones o era considerado sospechoso de poseer importante información, era extendido, desnudo y atado con cuerdas sobre una repugnante escalera de mano. Las ventanas de la nariz le eran taponadas; las mandíbulas se le tenían abiertas con un hierro con púas, mientras un trozo de lienzo se le colocaba sobre la boca. Dentro de la tela se derramaba agua lentamente para hacerla llegar hasta la garganta. Esto producía enorme espanto y muchas sensaciones de asfixia, sin llegar al límite. Si se movía, las cuerdas oprimian sus muñecas y tobillos. Si se mostraba terco, uno de los "familiares" aplicábale un par de vueltas más, retorciendoselos. Todo esto debería ser una desgarradora experiencia.

Cierto que así raramente se ocasionaban daños duraderos y que se obtenían rápidas confesiones; pero por otra parte, sucedía frecuentemente, como cuando se aplicaba cualquier otro tormento, que por librarse de él se declararan culpables los inocentes de faltas que no habían cometido, lo que dio lugar a que Torquemada ordenara a los Inquisidores que, para evitar injusticias, confrontaran las confesiones logradas por medio del tormento, con los hechos reconocidos.

Y con todo, la mayor parte de las torturas aplicadas por la Inquisición no resultaban peores que ciertos métodos policiacos modernos, de los cuales el más benigno es tener a un hombre despierto y sin darle alimento, bajo una luz deslumbradora y hacerle soportar durante un número incontable de horas, los interrogatorios que le hacen detectives que se revelan incesantemente.

Tal era la máquina con la cual Torquemada se propuso purificar el estado católico español de sus elementos desleales que no dudo en aplicarla con todo el rigor necesario.
Convocó a una reunión general de todos los Inquisidores en Sevilla y, en presencia de los Reyes, explicó los principios que recientemente había incorporado a sus ordenanzas.

LAS CONFISCACIONES NO BENEFICIABAN A LOS INQUISIDORES

Mentira muy grande es que los inquisidores, bajo Torquemada se hayan mostrado parciales en contra de los acusados, para, al confiscarles sus bienes, apoderarse de ellos, pues en diciembre de 1483, publicó una instrucción aclarando que las confiscaciones de las propiedades de los judíos convictos, debían emplearse en los gastos originados por la guerra contra los moros y en ayudar a satisfacer los gastos de la Inquisición.

Los Inquisidores tenían un sueldo fijo muy reducido, pues el Inquisidor Supremo recibía 2,816 reales al año, y los Inquisidores locales 1,810 reales cada uno, aunque se les permitía  disponer de ciertas prebendas eclesiásticas, anualidades y otros fondos para costear sus gastos personales.

DIFICULTADES PARA ESTABLECER LA INQUISICIÓN EN ARAGÓN.

Ya que la Inquisición funcionaba normalmente en Castilla, fue organizada la nueva Inquisición en Aragón, lo que no fue tarea fácil, pues no solamente los aragoneses estaban resueltos a impedirlo, sino que el país se hallaba intervenido por una plutocracia judía más poderosa aún que la de Castilla.
El mismo gobernador de Aragón era un converso, así como muchos jueces y abogados y gran parte de los miembros de las Cortes. La furia de la propaganda promovida contra Torquemada apenas puede imaginarse. A pesar de ésta, él dispuso que el edicto de gracia y el primer "Auto de Fe" se celebrara en Zaragoza y nombró dos hombres de mucha experiencia y de mucha virtud para inquisidores de Aragón: Fray Gaspar Juglar y Pedro Arbuez.

El nombramiento era virtualmente una sentencia de muerte para ambos; sin embargo, ellos aceptaron y comenzaron a realizar su desagradable tarea.

Los judios también empezaron con rapidez a trabajar, entre otras cosas enviaron dos Frailes a Córdoba a pedir a los Reyes que retiraran a los inquisidores y llegaron hasta a ofrecer grandes cantidades de dinero a la propia Reina y cuando Isabel rechazó el soborno, los judíos decidieron asesinar a los dos inquisidores.

LOS ARAGONESES ASESINAN A LOS DOS INQUISIDORES

Al Padre Juglar lo envenenaron con rosquillas que le administraron unos conversos y una noche, cuando el Padre Pedro Arbuez, se hallaba arrodillado rezando ante el Santísimo Sacramento, a la hora de Maitines, los asesinos se introdujeron clandestinamente aprovechando la oscuridad del Templo y lo apuñalaron por la espalda.

Los Sacerdotes que llegaron presurosos con linternas, lo encontraron diciendo el oficio de moribundos e invocando en especial a Nuestra Señora. Murió a las 24 horas "Glorificando a Nuestro Señor - (dice el cronista aragonés Zurita) - hasta que su alma le abandono".

Fue enterrado el sábado siguiente. Una inmensa muchedumbre se encontraba presente y cuando el cuerpo fue depositado en el sepulcro, parte de la sangre, que había caído profusamente en las lozas de piedra y se habia secado, se licuo subitamente y burbujeó.

Después de sus acostumbradas meticulosas investigaciones, la Iglesia Católica se convenció del carácter milagroso de determinados sucesos en relación con el Sacerdote muerto y en el año de 1867, es decir, 370 años después de su muerte, elevó a los altares a San Pedro Arbuez.

Naturalmente los Reyes Católicos no repararon en esfuerzos para conseguir detener a los conspiradores y castigarlos. Todos los complicados fueron ejecutados, excepto Juan de la Badía que se suicidó tragándose un cristal en la prisión.

En Aragón y Castilla el asesinato del Santo puso fin a toda oposición, dando a Torquemada libertad para combatir el poderío del Estado judío, hasta lograr su aniquilamiento dentro del Estado de los Reyes Católicos.

¿De cuántas muertes fué responsable Torquemada durante el tiempo que ejerció su cargo? Los modernos estudios sobre la Inquisición han esclarecido y modificado las exageraciones de Llorente que puso en circulación la leyenda del "Sanguinario Torquemada".

Pulgar, el Secretario de la Reina Isabel (el que por su parte contaba con antepasados judíos), dice que en todo su reinado fueron condenadas a muerte por el Estado 2,000 personas, después que la Inquisición los había juzgado por empenitentes, relapsos y pertinaces. En tal número están incluidos no sólo los herejes declarados judaizantes, blasfemos y culpables de otras ofensas a la Religión, sino también los bigamos, sodomitas y reos de otros determinados delitos, que en España juzgaba la Inquisición a instancias de los tribunales civiles.

Torquemada fue acaso responsable de la mitad o algo más, o sea entre 1,000 y 1,300 víctimas. Entre los que perecieron entre llamas, según el Cura de los Palacios, había tres Sacerdotes, 3 ó 4 frailes y un doctor de Teología llamado Savariego, "Gran predicador y falsario, herético impostor, que se negó un Viernes Santo a predicar la Pasión y se atracó de carnes".

Uno de los pocos tribunales locales de que se han conservado estadísticas es el de Barcelona. Fué establecido por Torquemada en 1488. En 10 años se celebraron 31 "Autos de Fe" en los que fueron juzgados 888 acusados, de los que solamente fueron ejecutados 23 y de éstos tan sólo 13 fueron quemados vivos; 430 fueron quemados en efigie, 116 fueron condenados a penas de prisión y 304 fueron declarados libres.

Durante toda la actuación de Torquemada, comparecieron ante sus tribunales 100.000 personas y poco más de uno de cada 100 fueron ejecutados.

No pocas veces tenía que juzgar la Inquisición casos por demás desagradables; como el referente al Santo Niño de la Guardia: en el que la detención de un converso con una Hostia consagrada que llevaba consigo y que había sido robada de una Iglesia Católica, fue seguido del arresto de otros 5 nuevos conversos y de dos ignorantes judíos, todos los cuales confesaron haber participado de un rito de magia negra, donde se había utilizado una Hostia y asesinado a un niño cristiano, con lo que se quería insultar a Cristo y producir el furor y la ruina de todos los cristianos, de acuerdo con la dirección de un hechicero llamado Tazarte.

El 16 de noviembre de 1491, en presencia de una gran multitud de Ávila y otros lugares, los dos judíos y los 6 conversos fueron entregados al "Brazo Secular" (es decir, a las autoridades civiles) y quemados, confirmando todos ellos sus convicciones en la hoguera. Los conversos se reconciliaron con la Iglesia y así fueron estrangulado antes de ser quemados.

"LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS" 

Bajo el Punto de vista de la Fe (o por cuestiones de Fe, o por crímenes contra la Fe) la Inquisición únicamente perseguía a los falsos conversos judíos, pero los que no aparentaban haberse convertido al cristianismo y que no eran perseguidos por lo tanto, constituían un centro de disención e intriga conspirando con los conversos para que abandonaran la Iglesia.

Los Reyes católicos, viendo los males que esto ocasionaba, y que tal estado de cosas persistía indefinidamente, resolvieron expulsar de España a los judíos firmando al efecto el día 31 de Marzo de 1492, en Granada; el documento ordenando que todos los judíos tenían que abandonar España, dándoles para ello un plazo de cuatro meses, pues este terminaba el 2 de agosto de 1942, es decir, el día anterior al que zarpó Colón del Puerto de Palos.

Llorente naturalmente, achaca a Torquemada la mayor parte de la responsabilidad de la expulsión de los 160.000 judíos que abandonaron España. Probablemente Torquemada tuvo algo que ver en esto, pero no hay evidencia de ello. Los Monarcas tenían otros Consejeros de confianza. Lo más probable es que el no se opusiera a la expulsión y hasta parece seguro que se inclinara totalmente en favor de esta medida, considerandola necesaria para completar su obra, pues gracias a la Inquisición y a la expulsión de los Judíos, pudo España permanecer católica y militar en la catolicidad durante el descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo, y de este modo la salvación espiritual de toda América Latina fue posible.

EL GRAN INQUISIDOR: ¡¡TORQUEMADA!!
(La verdad sobre Fray Tomás de Torquemada)
Parte 20 y última

"Los últimos días de Torquemada"

Fue para Fr. Tomás de Torquemada motivo de inmensa alegría que los Soberanos le autorizaran para dejar la carga que había llevado durante una turbulenta década y poder retirarse al hermoso monasterio que construyó y fundó en Ávila y donde al cabo de unos cuantos meses fue descansar su cuerpo.

Ello sucedió en 1498, al año de la muerte de Sabonarola en Florencia, El Gran Inquisidor tenía 72 años el año de la expulsión de los judíos y 78 cuando falleció.

El juicio formado acerca de él, es de lo más variado, pues depende de quien lo juzgue.

Así para el historiador judío Graetz, fué un "Sacerdote de corazón cerrado a toda clase de sentimientos de piedad, cuyos labios respiraban muerte o destrucción y que unía la fiereza de la hiena con el veneno de la serpiente ".

Para los Católicos españoles era un hombre apacible y estudioso, que abandonó el claustro para desempeñar un cargo desagradable, pero necesario, con espíritu de justicia, templado por la piedad y siempre con habilidad y prudencia.
Un gran legislador; el hombre que junto con el Rey Fernando y la Reina Isabel y acaso Colón, contribuyó más eficazmente a la grandeza de España del Siglo de Oro en la Edad Moderna.

Para otros fue más que todo eso: "fué un santo"

Cuando se abrió su tumba para el traslado de sus restos, los que se hallaban presentes contaron que expidieron un olor dulce y grato...el pueblo comenzó a rezar ante su tumba....No obstante, aún no a sido canonizado.

Torquemada dejo la Inquisición tan fuertemente establecida y tan respetada por todos, tan aceptada por el pueblo español, que prevaleció durante más de tres siglos después de su muerte.

Indudablemente quedaría incompleto este artículo........Si no dijéramos algunas palabras al menos sobre el Sacerdote apóstata Juan Antonio Llorente, autor de la obra "Historia Crítica de la Inquisición", en la que los enemigos de la Iglesia se fundan y se basan para inculparla de haber establecido y sostenido el "odioso Tribunal de la Inquisición".

JUAN ANTONIO LLORENTE, APÓSTATA Y CALUMNIADOR

El Sacerdote apóstata Juan Antonio Llorente, autor de la obra: "Historia Crítica de la Inquisición". En la que los enemigos de la Iglesia se fundan para escribir decenas de libros inculpando a la Iglesia de haber establecido y sostenido el "odioso Tribunal de la Inquisición".

Sentimos no poder tomar lo que aquí décimos, de la Enciclopedia Británica (la cual es neutral por ser protestante), pero no encontramos en ella ningún artículo sobre Llorente. Lo que dejamos consignado a continuación, ha sido estractado del artículo que sobre el se encuentra en la Enciclopedia Espasa Calpe.

Por breve que esto sea, estamos seguros de que bastará para dar idea al lector del poco crédito que merecen las obras escritas por este tan indigno ex-Sacerdote a quien Dios haya perdonado y a quien, como a todos los apóstatas, cegó un odio satánico a la Iglesia Católica.

LLORENTE JUAN ANTONIO

Juan Antonio Llorente, nació el 30 de Marzo de 1756, murió en 1823. Recibió la tonsura eclesiástica cuando tenía 14 años. Estudio en la Universidad de Zaragoza con el fin de tener una carrera, pero sin vocación.

Se ordenó Sacerdote en 1779, mediante dispensa. En 1781 fue admitido entre los abogados del Supremo Consejo de Castilla. A pesar de profesar ideas liberales y racionalistas aceptó, en 1785, el cargo de comisario de la inquisición de Logroño y en 1789 fue ascendido al cargo de Secretario General de la Inquisición.

En 1794 ideó un plan de reforma del Santo Oficio, que no pudo ponerse en práctica por la caída de Jovellanes y del partido liberal. En 1799 con Urquijo y Caballero procuro constituir en España la Iglesia cismatica "con licencia del Rey, aunque fuese sin asentamiento del Papa".

Abolida la Inquisición y suprimidas las Órdenes Monasticas, acepto el cargo de examinar los archivos de la Inquisición y cuidar de la supresión de dichas Órdenes, dándosele la administración de las propiedades confiscadas a los defensores de la independencia patria y el nombramiento de Director General de los Bienes Nacionales, cargo del que fué destituido por habérsele acusado de la substracción de 11.000,000 reales.

Durante la ocupación francesa se hizo cargo de los papeles de la Inquisición que llegaron a sus manos, quemándolos después de haber escrito su obra "Historia crítica de la Inquisición".

La Inquisición lo destituyó y condenó a reclusión en un convento hasta 1806.

En 1812 leyó en la Academia de la Historia una "Memoria histórica sobre cuál ha sido la opinion nacional de España acerca del Tribunal de la Inquisición" en la que trata de demostrar que la implantación y mantenimiento del Santo Oficio fué contra la opinión de los españoles.

En 1817 hizo aparecer su "Historia Critica de la Inquisición".

Perseguido y sin medios de ganarse la vida, se hizo franco-masón, viviendo de los socorros de la masonería el resto de sus días.

En 1822 el gobierno francés lo desterró de París en el término de tres días, por la publicación de la traducción de la novela de Loubet "Aventuras del baroncito de Faublas", por las inmoralidades de esta novela.

En 1823 regreso a España, donde falleció a los pocos días de su llegada a Madrid.

"Las ideas que sostenía, no eran las de un jansenista, aunque en ocasiones aparentase aquella clásica severidad de exposición del Dogma Católico; ni siquiera eran las de un protestante, aunque superase a éstos en el odio a Roma, sino simplemente las de quien no cree en nada que pertenezca a la Religión, ni tiene más miras en el natural desenvolvimiento de una vigorosa voluntad, que las personales, y estas raquíticas."

El Arzobispo de París le quitó las licencias por su obra sobre la Inquisición y otra sobre los "Retratos políticos de los Papas" en que se admite la existencia de la papista Juana, precisando meses y días de su pontificado, como precisa según las miles de víctimas de la Inquisición española u afirma la repugnante historia, bajo todos puntos de vista falsa, de San Gregorio, según el cual estuvo en concubinato con la princesa Matilde.

DIOS LOS BENDIGA

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