¿Usted sabe que es la escatología?


¿Sabe usted que es la escatología?
Aquí se lo explicamos

La rama de la teología que trata sobre las doctrinas de las cosas finales (ta eschata). El término griego es de introducción relativamente reciente, pero en el uso moderno ha suplantado en gran parte a su equivalente en latín De Novissimis. Como los numerosos temas doctrinales pertenecientes a esta sección de la teología serán tratados ex profeso bajo sus varios títulos adecuados, nos proponemos en este artículo limitarnos a echar una ojeada a todo el campo que servirá para indicar el lugar de la escatología en el marco general de las diversas religiones, explicar su objeto y las líneas generales de su contenido en las diversas religiones de la humanidad, e ilustrar por medio de la comparación la superioridad de la enseñanza escatológica cristiana.

Como una indicación preliminar de la materia, se puede hacer una distinción entre la escatología individual y la de la raza y el universo en general. La primera, partiendo de la doctrina de la inmortalidad personal, o por lo menos de la supervivencia de alguna forma después de la muerte, trata de averiguar el destino o condición, temporal o eterna de las almas individuales, y hasta qué punto los problemas del futuro dependerán de la vida presente.

El segundo se refiere a eventos como la resurrección y el juicio general, en los que, de acuerdo con la revelación cristiana, todos los hombres participarán, y con los signos y prodigios en el orden moral y físico que han de preceder y acompañar a dichos eventos. Ambos aspectos ---el individual y el universal--- pertenecen al concepto adecuado de la escatología; pero es sólo en la enseñanza cristiana que ambos reciben el reconocimiento debido y proporcionado. La escatología judía sólo alcanzó su culminación en la enseñanza de Cristo y los Apóstoles; mientras que la escatología religiosa étnica rara vez se elevó por encima de la visión individual, e incluso entonces solía ser tan vaga y tan poco ligada a una noción adecuada de la justicia divina y de la retribución moral, que apenas merece ser calificada como enseñanza religiosa.

(Escatología en el Antiguo Testamento)

Sin entrar en detalles, ya sea por vía de exposición o de crítica, será suficiente señalar cómo la escatología del Antiguo Testamento compara con los sistemas étnicos, y cómo, a pesar de sus deficiencias en materia de claridad y completitud, fue una preparación digna para la plenitud de la revelación cristiana.

(1) La escatología en el Antiguo Testamento, incluso en su forma más temprana y más imperfecta, comparte el carácter distintivo que pertenece generalmente a la religión del Antiguo Testamento. En primer lugar, como una distinción negativa, notamos la total ausencia de ciertas ideas y tendencias erróneas que tienen un lugar importante en las religiones étnicas. No hay panteísmo o dualismo, ni hay doctrina de la preexistencia (Sab. 8,17-20, no implica necesariamente esta doctrina, como se ha afirmado a veces) o de metempsicosis; ni hay rastro alguno, como podría esperarse, de las ideas o prácticas egipcias.

En segundo lugar, en el lado positivo, el Antiguo Testamento se distingue de las religiones étnicas en su doctrina de Dios y del hombre en relación con Dios. Su doctrina de Dios es monoteísmo puro y sin concesiones; el universo está gobernado por la sabiduría, la justicia y la omnipotencia del Dios único y verdadero. Y el hombre es creado por Dios a su imagen y semejanza, y destinado a relaciones de amistad y comunión con Él. Aquí se han puesto de manifiesto de manera clara y definida las doctrinas basales que están en la raíz de la verdad escatológica, y que, una vez que se han apoderado de la vida de un pueblo, están obligados, incluso sin nuevas adiciones a la revelación, a salvaguardar la pureza de una escatología inadecuada para llevar con el tiempo a una evolución más rica y más alta. Esas adiciones y acontecimientos ocurren en la enseñanza del Antiguo Testamento, pero antes de señalarlas es bueno llamar la atención sobre los dos principales defectos o limitaciones, inherentes a la primera escatología y que continúan, por su persistencia en la creencia popular, dificultando más o menos que el pueblo judío comprenda correctamente y acepte las más altas expresiones escatológicas de sus propios maestros inspirados.

(2) El primero de dichos defectos es el silencio de los primeros y algunos de los últimos libros sobre el tema de la retribución moral después de la muerte, o al menos la extrema vaguedad de esos pasajes en esos libros como podría entenderse que se refieren a este tema. La muerte no es la extinción; sino que el Seol, el mundo subterráneo de los muertos, en el pensamiento hebreo primitivo no es muy diferente al Aralu de Babilonia o al Hades de Homero, con la excepción de que Yahveh es Dios, incluso allí. Se trata de una sombría residencia en la cual todo lo que es muy apreciado en la vida, incluso la amistad con Dios, llega a su fin sin ninguna promesa definitiva de renovación. La deshonra incurrida en la vida o la muerte se aferra al hombre en el Seol, al igual que el honor que pudo haber ganado por una vida virtuosa en la tierra; pero por lo demás las condiciones en el Seol no se representan como retributivas, excepto en la forma más vaga. Ni tampoco es que se niegue y excluya formalmente una retribución más definida o la esperanza de la renovación a una vida de santidad; sino que simplemente falla en encontrar expresión en los primeros registros del Antiguo Testamento.

La religión es eminentemente un asunto de esta vida, y la retribución se resuelve aquí en la tierra. Esta idea, que a nosotros nos parece tan extraña, para ser justamente apreciada, se debe tomar en conjunto con el punto de vista nacional en lugar del individual [Vea el apartado (3) de esta sección]; y también se debe reconocer su valor pedagógico valor para un pueblo como los antiguos hebreos. Cristo mismo explica por qué Moisés permitió el divorcio ("debido a la dureza de vuestro corazón" Mateo 19,8); la revelación y la legislación tenían que ser atemperadas a la capacidad de un pueblo singularmente práctico y carente de imaginación, que fueron más eficazmente confirmados en la adoración y el servicio de Dios por un vivo sentido de su providencia retributiva aquí en la tierra de lo que habrían sido por una doctrina más alta y más completa de una futura inmortalidad con su aplazamiento de recompensas morales. Tampoco hay que exagerar la insuficiencia de este punto de vista primitivo. Dio un profundo valor y significado religioso a todos los acontecimientos de la vida presente, y levantó la moral por encima del punto de vista estrecho y utilitario. El ideal del israelita piadoso no era la prosperidad mundana como tal, sino la prosperidad otorgada por Dios como la recompensa de gracia por la fidelidad en guardar sus Mandamientos. Sin embargo, cuando todo se ha dicho, se debe admitir la insuficiencia de esta creencia para la satisfacción de las aspiraciones individuales; y esta insuficiencia se vio obligada a demostrarse tarde o temprano en la experiencia. Incluso la sustitución del punto de vista nacional por el individual no pudo obstaculizar indefinidamente este resultado.

(3) La tendencia a sumergir al individuo en la nación y a tratarlo como una unidad religiosa fue una de las más notables características de la fe hebrea. Y esto ayudó mucho a apoyar y prolongar la otra limitación antes señalada, según la cual la retribución se buscaba en esta vida. Se podía consolar las esperanzas personales diferidas y frustradas con el pensamiento de su realización actual o futura de la nación. La escatología del individuo se hizo prominente sólo cuando las calamidades nacionales, que culminaron en el Exilio, habían hecho añicos por un tiempo la esperanza del pueblo de un reino teocrático glorioso; y con la restauración hubo una tendencia a volver al punto de vista nacional. Es verdad del Antiguo Testamento como un todo que la escatología del pueblo eclipsa la del individuo, si bien es cierto, al mismo tiempo que, en y a través del primero, los últimos avanzan a una garantía clara y definida de una resurrección de entre los muertos personal, al menos para los hijos de Israel que, si son hallados dignos, compartirán en las glorias de la era mesiánica.

Está más allá del alcance de este artículo el tratar de rastrear el crecimiento o describir las diversas fases de esta escatología nacional, que se centra en la esperanza de la creación de un reino teocrático y mesiánico en la tierra (Vea Mesías). Por muy espiritualmente que esta idea se halle expuesta en las profecías del Antiguo Testamento, como las leemos ahora a la luz de su progresivo cumplimiento en la providencia del Nuevo Testamento, el pueblo judío en su conjunto se aferró a una interpretación material y política del reino, acoplando su propio dominio como pueblo con el triunfo de Dios y el establecimiento mundial de su gobierno. De hecho, hay mucho que explicar sobre esto en la oscuridad de las propias profecías. No siempre se menciona al Mesías como una persona distinta en relación con la inauguración del reino, lo que deja espacio para la esperanza de una teofanía de Yahveh en el carácter de juez y gobernante. Pero incluso cuando la persona y el lugar del Mesías están claramente prefigurados, la fusión en conjunto en la profecía de lo que hemos aprendido a distinguir como su primera y su segunda venida, tiende a dar a toda la imagen del reino mesiánico un carácter escatológico que pertenece en la realidad sólo a su etapa final.

Por tanto, es así que se introduce la resurrección de los muertos en Isaías 26,19 y Daniel 12,2; y muchas de las descripciones que predicen "el día del Señor", la sentencia sobre judíos y gentiles, la renovación de la tierra y otros fenómenos que marcarán el comienzo de ese día, mientras que se aplican en un sentido limitado a los acontecimientos contemporáneos y a la inauguración de la era cristiana, son más apropiadamente entendidos sobre el fin del mundo. Por lo tanto, no es sorprendente que las esperanzas religiosas de la nación judía se hayan convertido en tan predominantemente escatológicas, y que la imaginación popular, escorzando la perspectiva de la revelación divina, debería haber aprendido a mirar por el establecimiento en la tierra del glorioso Reino de Dios, que los cristianos están seguros se realizará sólo en el cielo al final del presente estado de cosas.

(4) Pasando de estas observaciones generales que parecen necesarias para la comprensión real de la escatología del Antiguo Testamento, se hará una breve referencia a los pasajes que muestran el crecimiento de una doctrina de la inmortalidad más alta y más completa. El reconocimiento del individuo como lo opuesto a la mera responsabilidad y retribución corporativa puede considerarse, al menos remotamente, como un aumento a la escatología, aun cuando la retribución se limita sobre todo a esta vida; y este principio está reconocido en repetidas ocasiones en los primeros libros. (Vea Génesis 18,25; Éxodo 32,33; Números 16,22; Deuteronomio 7,10; 24,16; 2 Samuel 24,17; 2 Reyes 14,6; Isaías 3,10 ss.; 33,15 ss.; Jeremías 12,1 ss.; 17,5-10; 32,18 ss.; Ezequiel 14,12-20; 18,4.18 ss.; Salmos , passim; Proverbios 2,21 ss.; 10,2; 11,19.31; etc.). Se le reconoce también en los mismos términos del problema tratado en el Libro de Job.

Pero, llegando a cosas más elevadas, nos encontramos en los Salmos y en Job la clara expresión de una esperanza o una garantía para los justos de una vida de felicidad después de la muerte. Aquí se proclama, bajo inspiración divina, el deseo innato de las almas justas de una comunión eterna con Dios, la protesta de una fe fuerte y viva en contra de la concepción popular del Seol. Omitiendo pasajes dudosos, es suficiente hacer referencia a los Salmos 16(15), 17(16), 49(48) y 73(72). De éstos no es imposible explicar los dos primeros como oraciones por la liberación de un peligro inminente de muerte, pero la seguridad que expresan es demasiado absoluta y universal para admitir esta interpretación como la más natural. Y esta seguridad se vuelve aún más clara en los otros dos salmos, por causa del contraste que se afirma que la muerte introduce entre los destinos de los justos y los impíos.

La misma fe surge en el Libro de Job, primero como una esperanza expresada en forma un tanto cuestionable, y luego como una firme convicción. Con la desesperanza de reivindicación en esta vida y rebelándose contra la idea de que la justicia debe quedar finalmente sin recompensa, el sufridor busca consuelo en la esperanza de una renovación de la amistad con Dios más allá de la tumba: “¡Ojalá en el Šeol tú me guardaras, me escondieras allí mientras pasa tu cólera, y una tregua me dieras, para acordarte de mí luego ---pues, muerto el hombre, ¿puede revivir?--- todos los días de mi milicia esperaría, hasta que llegara mi relevo!” (Job 14,13-14). En 16,18 a 17,9 la expresión de esta esperanza es más absoluta; y en 19,23-27 toma la forma de una certeza definida de que verá a Dios, su Redentor: “Yo sé que mi Defensor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios. Yo, sí, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro” (Job 19,25-27). En su cuerpo resucitado verá a Dios, según la variante de la Vulgata (LXX): "Y en el último día me levantaré de la tierra. Y seré revestido con mi piel, y en mi carne he de ver a mi Dios "(25-26).

La doctrina de la resurrección encuentra su expresión concreta en los profetas; y en Isaías 26,19: "Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo” etc.; y en Daniel 12,2: "Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno”, etc. se enseña claramente una resurrección personal ---en Isaías una resurrección de los israelitas justos; en Daniel, tanto de los justos como de los malvados. La sentencia, que en Daniel está relacionada con la resurrección, es también personal; y lo mismo ocurre con el juicio de los vivos (judíos y gentiles) que las profecías lo conectan con el "día del Señor" en diversas formas. Algunos de los Salmos [por ej. el 49(48)] parecen implicar el juicio de individuos, buenos y malos, después de la muerte; y la certeza de un juicio futuro de "toda [actos humanos|obra]], ya sea buena o mala", es la solución definitiva de los enigmas morales de la vida en la tierra ofrecida por el Eclesiastés (12,13-14; cf. 3,17).

Pasando a los libros (deuterocanónicos) posteriores del Antiguo Testamento, tenemos clara evidencia en el Segundo Libro de los Macabeos de la fe judía no sólo en la resurrección de la carne (7,9-14), sino en la eficacia de las oraciones y sacrificios por los muertos que han muerto en la piedad (12,43 ss.). Y en los siglos II y I a.C., en la literatura apócrifa judía aparecen nuevos desarrollos escatológicos, principalmente en la dirección de una más definida doctrina de la retribución después de la muerte. La palabra Šeol es todavía más común entendida como la morada general de los difuntos que esperan la resurrección; y esta residencia tiene diferentes divisiones para la recompensa de los justos y el castigo de los malvados; en referencia a estos últimos, el Šeol es a veces simplemente equivalente al infierno. Gehenna es el nombre que generalmente se aplica al lugar final de castigo de los malvados después del juicio final, o incluso inmediatamente después de la muerte; mientras que paraíso se utiliza a menudo para designar la morada intermedia de las almas de los justos, y el cielo como su casa de la bienaventuranza final (para referencias detalladas a la literatura apócrifa ver a Charles, el artículo "Escatología" en "Enc. Bíblica", § § 63, 70). El uso de estos términos por Cristo indica que los judíos de su tiempo estaban lo suficientemente familiarizados con sus significados del Nuevo Testamento.

(Escatología católica)

En este artículo no hay discusión crítica de la escatología del Nuevo Testamento, ni cualquier intento de trazar la evolución histórica de la doctrina católica a partir de datos bíblicos y tradicionales; sólo se da un breve resumen del sistema católico desarrollado. Para detalles críticos e históricos y para la refutación de los puntos de vista opuestos se remite al lector a los artículos especiales que se ocupan de las diversas doctrinas. El resumen escatológico que habla de las "últimas cuatro cosas" (muerte, juicio, cielo e infierno) es popular en lugar de científico. Para el tratamiento sistemático es mejor distinguir entre (A) escatología individual y (B) escatología universal y cósmica.

Bajo A se incluye:

(1) la muerte,
(2) el juicio particular,
(3) el cielo, o la felicidad eterna;
(4) el purgatorio, o estado intermedio,
(5) el infierno o castigo eterno.

Y bajo (B):

(1) la proximidad del fin del mundo;
(2) la resurrección de la carne;
(3) el juicio general;
(4) la consumación final de todas las cosas.

La superioridad de la escatología católica consiste en el hecho de que, sin profesar responder a todas las preguntas que la curiosidad ociosa pueda sugerir, da una declaración clara, coherente y satisfactoria de todo lo que debe conocerse al presente, o puede ser provechosamente entendido, en relación con los temas eternos de la vida y la muerte para cada uno de nosotros personalmente, y la consumación final del cosmos del que somos parte.

(Escatología Individual)

(1) Muerte: La muerte, que consiste en la separación del alma del cuerpo, es presentada bajo varios aspectos en la enseñanza católica, pero principalmente:

(a) como siendo real e históricamente, en el presente orden de la Providencia sobrenatural, la consecuencia y la pena del pecado de Adán (Gén. 2,17; Rom. 5,12, etc.);
(b) como el fin del período de prueba del hombre, el evento que decide su destino eterno (2 Cor. 5,10; Juan 9,4; Lucas 12,40; 16,19 ss; etc.), aunque no excluye un estado intermedio de purificación para los imperfectos que mueren en la gracia de Dios; y (c) como universal, aunque en cuanto a su universalidad absoluta (para los que vivan al fin del mundo) hay un cierto margen de duda debido a 1 Tes. 4,14 ss.; 2 Cor. 15,51; 2 Tim. 4,1.

(2) Juicio Particular: Que el juicio particular de cada alma tiene lugar en la muerte está implícito en muchos pasajes del Nuevo Testamento (Lc. 16,22 ss.; 23,43; Hch. 1,25; etc.), y en la enseñanza del Concilio de Florencia (Denzinger, Enchiridion, n. 588) respecto a la rápida entrada de cada alma al cielo, al purgatorio o al infierno. (Vea juicio particular).

(3) Cielo: El cielo es la morada de los bienaventurados, donde (después de la resurrección con cuerpos glorificados) disfrutan, en compañía de Cristo y los ángeles, la visión inmediata de Dios cara a cara, al ser elevados sobrenaturalmente por la luz de la gloria para que sean capaces de tal visión. Hay grados infinitos de gloria que corresponden a los grados de mérito, pero todos son indeciblemente felices en la posesión eterna de Dios. Sólo los perfectamente puros y santos pueden entrar al cielo; pero para los que han alcanzado ese estado, ya sea en la muerte o después de un curso de purificación en el purgatorio, no se difiere la entrada al cielo, como se ha afirmado erróneamente a veces, hasta después del juicio general.

(4) Purgatorio: El purgatorio es el estado intermedio de duración desconocida en el que los que mueren imperfectos, pero no en pecado mortal impenitentes, siguen un curso de purificación penal, para calificarlos para la admisión al cielo. Comparten en la Comunión de los Santos y se benefician de nuestras oraciones y buenas obras (vea oraciones por los muertos). La negación del purgatorio por los reformadores introdujo un espacio en blanco en su escatología y, a la manera de los extremos, ha dado lugar a reacciones extremas. (Vea Purgatorio).

(5) Infierno: Infierno, en la enseñanza católica, designa el lugar o estado del hombre (y los ángeles) que, debido al pecado, están excluidos para siempre de la visión beatífica. En este sentido amplio, se aplica al estado de los que mueren con sólo el pecado original en sus almas (Concilio de Florencia, Denzinger, n. 588), aunque este no es un estado de miseria o de castigo subjetivo de ningún tipo, sino que simplemente implica la privación objetiva de la felicidad sobrenatural, que es compatible con una condición de felicidad natural perfecta. Sin embargo, en el sentido más estricto en el que ordinariamente se utiliza el nombre, el infierno es el estado de aquellos que son castigados eternamente por el pecado mortal personal sin arrepentimiento. La doctrina católica no va más allá de afirmar la existencia de tal estado, con diversos grados de castigo correspondientes a los grados de culpabilidad y a su duración eterna o interminable. Es una verdad terrible y misteriosa, pero es clara y enfáticamente enseñada por Cristo y los Apóstoles. Los racionalistas pueden negar la eternidad del infierno, a pesar de la autoridad de Cristo, y los cristianos declarados, que no están dispuestos a admitirlo, puede tratar de explicar las palabras de Cristo; pero se mantiene como la solución divinamente revelada del problema del mal moral. (Vea infierno). Se han buscado soluciones rivales en alguna forma de la teoría de la restitución o, menos comúnmente, en la teoría de la aniquilación o inmortalidad condicional. El punto de vista de la restitución, que en su forma de origenista fue condenado en el Concilio de Constantinopla en 543, y más tarde en el Quinto Concilio General (Vea apocatástasis), es el dogma cardinal del universalismo moderno, y es favorecido más o menos por los protestantes y anglicanos liberales. Sobre la base de un exagerado optimismo para el que la experiencia actual no ofrece ninguna garantía, esta opinión asume la eficacia victoriosa del ministerio de la gracia en un tiempo de prueba después de la muerte, y espera por la conversión final de todos los pecadores y la desaparición voluntaria del mal moral del universo. Por el contrario, los que apoyan la teoría de la aniquilación, al no encontrar ya sea en la razón o en la revelación ningún motivo para el optimismo, y considerando que la inmortalidad en sí misma es una gracia y no el atributo natural del alma, creen que el impenitente finalmente será aniquilado o dejará de existir ---que así Dios en última instancia, se verá obligado a confesar el fracaso de su propósito y poder.

(Escatología Universal y Cósmica)

(1) La Proximidad del Fin del Mundo: A pesar de que Cristo se negó expresamente a especificar el tiempo del fin (Marcos 13,32, Hch. 1,6 ss.), era una creencia común entre los primeros cristianos de que el fin del mundo estaba cerca. Esto parecía tener cierto apoyo en algunos dichos de Cristo en referencia a la destrucción de Jerusalén, que se establecen en los Evangelios lado a lado con las profecías relacionadas con el fin (Mateo 24; Lc. 21), y en ciertos pasajes de los escritos apostólicos que, naturalmente, pueden haber sido entendidos de ese modo (pero vea 2 Tes. 2,2 ss., donde San Pablo corrige esta impresión). Por otro lado, Cristo había declarado claramente que el Evangelio debía ser predicado a todas las naciones antes del fin (Mt. 24,14), y San Pablo esperaba con agrado la conversión final del pueblo judío como un acontecimiento remoto que sería precedido por la conversión de los gentiles (Rom. 11,25 ss.). Se habla de varios otros signos que precederán o anunciarán el fin, como una gran apostasía (2 Tes. 2,3 ss.), o el alejamiento de la [[fe] o la caridad (Lc. 18,8; 17,26; Mt. 24,12), el reinado del Anticristo, y grandes calamidades sociales y aterradoras convulsiones físicas. Sin embargo, el final vendrá inesperadamente y tomará por sorpresa a los vivos.

(2) La Resurrección de la Carne: La venida visible (parousia) de Cristo en poder y gloria será la señal para la resurrección de los muertos (Vea resurrección general). Es la enseñanza católica que todos los muertos que han de ser juzgados resucitarán, los malvados así como los justos, y que se levantará con los cuerpos que tenían en esta vida. Pero no hay nada definido en cuanto a lo que se requiere para constituir esta identidad del resucitado y transformado con el cuerpo presente. Aunque no está formalmente definido, es lo suficientemente seguro que habrá sólo una resurrección general, simultánea para buenos y malos (Ve milenarismo). En cuanto a las cualidades de los cuerpos resucitados, en el caso de los justos tenemos la descripción de San Pablo en 1 Cor. 15 (cf. Mt. 13,43; Flp. 3,21) como base para la especulación |teológica, pero en el caso de los condenados sólo podemos afirmar que sus cuerpos serán incorruptibles.

(3) El Juicio General: En cuanto al juicio general no hay nada de importancia que debe añadirse a la descripción gráfica del evento dada por Cristo mismo, quien será el juez (Mt. 25, etc.) (Ver juicio general).

(4) La Consumación de Todas las Cosas: También se dice que el universo físico compartirá la consumación general (2 Pedro 3,13; Rom. 8,19 ss.; Apoc. 21,1 ss). El cielo y la tierra actuales serán destruidos, y un cielo nuevo y una tierra tomarán su lugar. Pero no se revela qué envolverá precisamente este proceso, o para qué propósito servirá el mundo renovado. Posiblemente sea parte del glorioso Reino de Cristo el que "no tendrá fin". El reinado militante de Cristo cesará con la realización de su cargo como juez (1 Cor. 15,24 ss.), pero como el Rey de los elegidos a quienes ha salvado, reinará con ellos en la gloria por siempre.


Fuente: Toner, Patrick. "Eschatology." The Catholic Encyclopedia. Vol. 5. New York: Robert Appleton Company, 1909. 13 Feb. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/05528b.htm>

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