La concepción Judía de Dios en el Antiguo Testamento



La concepción Judía de Dios en el Antiguo Testamento

Por: Elenita Ibarra

Infinidad de creyentes no pueden ocultar hoy su asombro al constatar cómo el Dios bíblico parece exigir el exterminio de los enemigos, tiene sed de venganza y se aíra con suma facilidad. ¿Es realmente sanguinario el Dios de la Biblia? Así parecen sugerirlo muchos textos sagrados.

Ahora bien en ellos se refleja ¿lo que Dios es o lo que el judío pensaba de él? más bien lo segundo. No en vano la experiencia universal atestigua que cada etnia religiosa proyecta sobre la divinidad sus más hondas vivencias y sus más vitales anhelos.
Es bien sabido que el pueblo hebreo se forjó en la esclavitud y todo esclavo si por algo lucha con fiereza, es por la libertad.

El pueblo una vez liberado de la opresión, comenzó a interpretar su historia con categorías religiosas. Y al hacerlo vio claro que debía a su Dios esa libertad, que sólo pudo lograr tras un sinfín de batallas y guerras donde siempre luchó por sobrevivir. Yahvé era como su “gran general” invisible que desde su trono excelso iba derrotando y ajusticiando a todos los enemigos.

El camino hacia la libertad siempre estuvo anegado de sangre. Y el pueblo sólo consiguió ser libre porque en sus incesantes guerras nunca conoció la piedad. En el mundo antiguo jamás hubo sitio para los pusilánimes. Y acaso pudiéramos preguntar: ¿Lo hay en el actual?

Tan trágica experiencia hizo que los israelitas fueran inmisericordes con cuántos no compartían su sangre ni su religión. Esta crueldad inevitable  (fruto de una mentalidad primitiva) les hizo “rendir culto” al valor, al que siempre asociaban con la fuerza física.

La tierra era de los fuertes. ¿Y el cielo? Allí sólo podían regir los mismos criterios. De hecho el hombre bíblico  (entrañablemente religioso) no podía menos de atribuir a la divinidad cuánto él más apreciaba. Por eso a Yahvé lo imaginó siempre como el “todopoderoso” ante cuyo ímpetu todo se debía doblegar.

Ello explica que  (así lo sugería la historia vivida) el pueblo asociara la fortaleza divina con la crueldad. Para todo israelita ser fuerte y ser cruel eran conceptos casi sinónimos.

Por eso, cuánta crueldad fue jalonando su azarosa historia se la aplicó sin el menor remilgo a su Dios.

De esta forma, tan sencilla y a la vez tan lógica, se fue fraguando en la conciencia del pueblo la imagen de una divinidad sanguinaria y cruel.

Dios no es cruel. La crueldad es patrimonio exclusivo del hombre. Sólo que éste, al explicar religiosamente su existencia, creyó hacer honor a Yahvé ofertándole esa misma inmisericordia a la que el se aferraba para subsistir. En el fondo el hombre bíblico no pudo ser más coherente: proyectó sobre Yahvé sus más hondas vivencias religiosas, fraguadas en el frenesí de unas luchas que le obligaban a ser cruel. ¿Somos más lógicos nosotros al proyectar sobre la divinidad esa fuerza amorosa que, aún deseándola vivamente, sigue siendo la gran ausente en el mundo actual? Acaso nos escandalicemos al ver cómo el hombre bíblico rodeó de sangre a su Dios. Mas con ello no hizo sino ofrecerle lo que a él le iba ofreciendo la vida.

En cambio ¿no causa escalofríos ver como hoy los creyentes rodeamos a Dios con un halo de amor en tanto seguimos respirando odio?

Dios los bendiga

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